sábado, 21 de junio de 2008

LA IRA CAMBYSICA

Dijo Ennio, que la ira es el principio de la locura....
M. T. Cicero, Tusc. IV

A los iracundos —dicen— se les tiene por los más francos.
L. A. Séneca, De ira.II.16

Nos refiere el inmortal Séneca que la ira humana es como el rayo: al caer, ya no puede detenerse: avanza ciegamente y arrastra aun hasta a los inocentes; por ello, quizás, se dice que la sola palabra «hombre», ya excluye la misericordia.

Para demostrar la veracidad de la tesis estoica, evocaremos aquí algunos relatos de los antiguos acerca de los estragos que la ira puede causar en la vida de los prójimos.

Octaviano, después de su aplastante victoria sobre los asesinos de César en Philippi, volvió furioso a Roma y ciego de venganza mandó a arrojar la cabeza de Brutus a los pies de la estatua de César. Envió con este furor al patíbulo a muchos; y a uno que le suplicaba le concediese la sepultura, contestó que ese era un favor que le harían a él los buitres.

A un padre, y su hijo que le rogaban por sus vidas, les dio la alternativa de jugárselas a la suerte, o combatir entre sí, prometiéndole la vida a aquel que tuviera la fortuna de vencer en tan impío duelo. El padre, arrojándose contra la espada de su hijo, cayó muerto. El hijo, al ver a su progenitor muerto, se quitó a su vez su malganada vida. La impiedad e ira de Octavio Augusto en estos tiempos tan crueles, dícese que no conocían límites.

*

Cambises, el rey de los persas estaba convencido de que la verdad está en el vino, y para encontrar la justicia tan escurridiza, bebía desde la mañana a la noche sin mesura alguna.

Proexapes, el consejero real censuraba por esta causa al rey, por su debilidad, pero éste, inflamado por la crítica benigna, le replicó diciendo:

—Eres injusto conmigo, y me siento obligado a demostrarte que el vino no influye en mi razón, ni hace temblar mis manos.

Al decir esto, comenzó a vaciar las copas, que tenía a su alrededor, y cuando ya se sentía colmado, se levantó y mandó que el hijo de su censor se colocase de pie a la puerta de la sala con su mano izquierda sobre su cabeza.

Acto seguido, el rey tendió su arco y con una flecha atravesó el pecho del inocente joven. Abrió Cambises en seguida la herida, y mostrando a los convidados la flecha clavada en medio del corazón, preguntaba al infeliz padre con ironíaI

—¡Proexapes! No voy a creer si me dices que mis manos antes eran más firmes que hoy!

Proexapes, en vez de contestar su desgracia con un acusador silencio:

—¡Señor! Reconozco —le dijo— que ni el mismísimo Apolo podría tener puntería mejor!

Dicen que le contestó así, para aplacar la ira del emperador, pero luego el imprudente censor y al par adulador necio, entre dolor y llanto aprendió que la ira es un pecado que no tiene límites y las censuras no solicitadas, los reyes suelen pagarlas con lágrimas.

*

La ira es también madre de la inclemencia; en la guerra contra los escitas llamaron a las filas a los tres hijos del anciano Aebaso.

Afligido éste por sus hijos, se dirigió inmediatamente al rey Darío, suplicándole que le dejase por lo menos uno de ellos como consuelo, incorporando los otros al ejército. El rey se enfureció mucho y con mal solapada ira prometió al anciano devolverle no uno, sino los tres hijos: y la palabra del rey se cumplió, porque al día siguiente llegaron a la casa paterna los tres jóvenes. No vinieron, sino que los trajeron, porque los tres eran ya cadáveres...

Jerjes no era mejor que Darío, porque a Pitio, padre de cinco hijos, cuando le solicitaó la exención de uno solo, le permitió elegir, y al joven, que resultó ser el preferido de su padre, el rey lo mandó a dividir por el medio, colocando cada mitad del infortunado a ambos lados del camino, por donde el ejército tenía que pasar.

La ira es madre de la inclemencia; además es sorda y ciega. Claudio el emperador destruyó cerca de Herculano una bellísima quinta sólo porque su madre estuvo antes detenida allí. Xerxes hizo azotar al mar, y mandó una carta al Monte Athos, en la que le amenazaba seriamente que lo tiraría al mar si le molestaba en la ejecución de sus planes.

Ciro se irritó contra el río Gynden porque desbordado se llevó algunos de los caballos favoritos que arrastraban su carroza real. Juró por todos los dioses que vencería a aquel orgulloso río y su promesa se hizo realidad, porque aprovechando su ejército, abrió trescientos sesenta canales y las aguas del río desaparecieron en el sediento desierto.

El rey ganó su batalla contra un inocente río, pero perdió la guerra contra los babilonios, a los cuales no pudo vencer con sus soldados agotados.

*

Dice Séneca que los iracundos son enemigos de sus mejores amigos. Peligrosos aun para aquellos a quienes más quieren. Su única guía es la violencia y tan dispuestos están a clavar la espada, como a arrojarse sobre ella. El amante traspasa el pecho de su amada, y abraza luego arrepentido a su víctima.

La ira, el furor repentino es quizás el más injusto entre los tantos vicios, porque como es ciego, impulsa el alma al abismo y hasta sus hijos son nefastos – dice el antiguo autor – porque se llaman Crueldad e Inclemencia...

FAMES CALAGURRITANA


Exo Boulimón! Eso de plouton kai hugíeian!
rito sagrado en las Fiestas Boulimias:
Afuera Hambre! Entren en la ciudad el
bienestar y la Salud.
Plutarch, Sympos. Probl. H’.

Apiarius sostiene que el hambre es el enemigo más acérrimo de la paz y de la vida. Dice que por su causa comienzan las guerras y es él el que aparece después de las batallas.

Tyrreno por causa del hambre pobló con sus etruscos Italia, y quedó por la misma razón casi despoblada Lidia. El hambre perturba la paz y al amor transforma en odio. Ignora la piedad, y degrada a la Humanidad; por su causa el hombre devora a sus prójimos, y a veces lo hace por ignorancia y maldad.

Desconocemos cómo era el consejo de Harpagos, pero sabemos que su señor, todopoderoso rey de los persas, quedó muy ofendido. Disimuló sin embargo su disgusto e invitó al consejero, a la mesa en la que hizo servir variados manjares y un asado muy especial. Harpagos, el consejero comió mucho y bien, preguntándole el rey más de una vez, si le agradaba la comida y el condimento era a su gusto.

Al terminar el almuerzo, Harpagos quiso saber qué clase de venado era el que acababa de comer y el rey, para satisfacer la curiosidad de su invitado mandó traer los restos que quedaron del asado. Los sirvientes de la mesa presentaron entonces, una cabeza que Harpagos reconoció enseguida como la de su propio hijo.

El monarca, gozando con la desgracia de su consejero real, todavía le preguntó si estaba contento por el agasajo, y el desdichado, más muerto que vivo, le contestó con temblor en su voz:

—¡Señor! ¡En la mesa de un rey, toda comida es manjar!

*

En el año 72, antes del nacimiento de Cristo, Pompeyo el Grande, durante su campaña contra Sertorio, llegó en tierra de los vascos hasta los muros de la ciudad de Calagurris Nasica. Ciudad con soberbios muros, que no mostraba ni el menor interés por entregarse .

Le puso entonces sitio, cortando al mismo tiempo sus vías de abastecimiento, pese a lo cual, los vascos calagurritanos resistieron durante mucho tiempo. El plan de Pompeyo empero, quedó por un prolongado lapso sin resultados, porque aquellos fueron muy ingeniosos y a falta de otros víveres, se alimentaron con la carne que encontraban en su misma ciudad: la fresca carne de sus mujeres e hijos sacrificados diariamente, según riguroso sorteo.

Cambises, el rey de los persas, decidió ocupar Etiopía, y mandó sus legados a fin de comunicar su decisión. Sin embargo, los negros «macrobios» llamados así por su extraordinaria longevidad, rechazaron sus condiciones, prefiriendo la libertad, cosa que Cambises, consideró como una insolencia para con su divina persona.

Declaró la guerra entonces contra ellos e hizo marchar a su ejército, pero lo hizo con tanta prisa, que olvidó completamente hacer sus planes, y organizar la parte logística.

Luchaba de esa manera contra un inmenso desierto, sin caminos, sin agua, y sin siquiera un solo hombre de Etiopía.

Muy pronto se presentó su verdadero enemigo; difícil, muy difícil de vencer; el general llamado ¡Hambre! Las tropas de Cambíses lo combatieron primeramente, con las hojas tiernas de los árboles, luego comieron sus caballos y a falta de éstos, alimentáronse con el cuero de sus monturas, y cuando ya no había nada más, entonces comezaron a diezmarse y se alimentaron con el cuerpo de los compañeros, más bien, con «hambreados» sorteados. Dice Séneca, que mientras los soldados exhaustos se echaban entre sí la suerte para saber quién debía morir al día siguiente para alimentar a los demás, Cambises, el rey , avanzaba con la sombra de su ejército, hasta que advirtió que se acercaba el momento en que él mismo podría ser sorteado por sus soldados. En su furor ciego contra los etíopes, se serenó un momento, que lo hizo razonar acerca del peligro que pendía ya sobre su coronada cabeza.

Polibio nos refiere, que cuando «decidió Aníbal pasar de España a Italia con su ejército, comenzó a tener dificultades, que pronto parecían invencibles. ¡Los víveres! En tan largo camino, hostigado por toda clase de bárbaros, no había dónde encontrar los víveres.

Entonces se presentó ante el general un tal Monomachos, quien le recomendó a Aníbal recurrir a la única solución; alimentar las tropas de carne humana. Entendía el consejero que la ejecución del plan indudablemente resolvería el grave problema, pero ni Aníbal, ni sus oficiales se atrevieron a ensayar tan macabro plan.

En la guerra de los aliados de Cartago, Mathos y Spendio, sitiados por Amílcar, ante la carencia de víveres, comenzaron a carnear a los prisioneros y luego consumieron sus propios esclavos, no tanto para salvarse del sitio, sino para poder sobrevivir.

El hambre es todopoderosa y muy difícil de vencer. Drusus, según el relato de Tácito, la soportaba involuntariamente durante nueve días y al fin ya se comía hasta la lana del propio lecho en que dormía, en la cárcel del afamado Tullia.

El león respeta la vida de sus congéneres, los osos se arreglan entre sí, pero el hombre inmola cruelmente a sus propios hermanos, tomando como alimento corazón, cabeza y brazos de sus víctimas.

Desgarrante es el relato de Juvenal acerca de la enemistad de los pueblos vecinos Ombos y Tentira, donde cada uno consideraba que los dioses del vecino son repudiables. La riña comenzó con una fiesta religiosa, pero culminó en una sangrienta batalla, donde el primer prisionero fue descuartizado y devorado crudo y medio vivo aún.

»No intentes preguntarte», dice Juvenal, «cuándo sucedió este crimen inaudito, pero lo cierto es que el primero que comió encontró deleite, y que cuando se presentó el último, al ver que se habían devorado todo el cuerpo, pasó sus dedos por el suelo para saborear al menos, algo de la sangre».

El hambre es hijo de la Miseria y hermano de la Muerte.

Plutarchos refiere que en la más antigua Grecia había una fiesta religiosa llamada bulimia, que culminaba con la simbólica expulsión del bulimo o pulimum, es decir del hambre de la ciudad. Los participantes de la fiesta, la finalizaban con el grito sagrado «Exo Boulimón, exo de ploutón kay hugíeian!». «¡Afuera Hambre, y que entren en la ciudad el bienestar y la Salud!». Fiesta antiquísima, que merecería ser introducida en la religión de los pueblos de hoy.

SKYTALE URINATORES SEMEYOGRAFOS

El antiguo grecorromano, no obstante que por su naturaleza era muy comunicativo, tenía su propio mundo, y sus secretos y para guardarlos, inventó sistemas curiosos, que merecen ser aquí recordados.

Ovidio recomienda a los enamorados muy vigilados, burlar la custodia de sus guardianes y les ofrece prácticas infalibles, para hacer llegar con seguridad las noticias a los destinatarios. Dice que si los métodos comunes resultaran inútiles, entonces «todavía tienes tu fámula que gustosamente te ofrecerá sus espaldas, como si fueran tablillas, y en la misma piel de su cuerpo te llevará y traerá la respuesta. Las palabras escritas con leche recién ordeñada burlan la perspicacia de un lince: sin embargo, se leen claramente echándoles polvillo de carbón. La misma escritura invisible obtendrás escribiendo con la punta de la caña de lino mojado. Las tablillas quedan al parecer, intactas».

C. Julio César tenía su método propio para hacer legibles sus cartas solamente para los destinatarios. Dice Suetonio que «para los negocios secretos utilizaba una forma de cifra que hacía el sentido ininteligible, estando ordenadas las letras de manera que no podía formarse ninguna palabra, para descifrarlas, tenía que cambiarse el orden de las letras, tomando la cuarta por la primera, esto es «d» por «a», y así las demás». Parecían estas epístolas como un conjunto de letras arrojadas allí, y sólo los administradores de sus bienes y Probus, el gramático, conocían su sistema

Mas notable era todavía el procedimiento de los lacedemonios, por medio del cual sus magistrados mantenían la correspondencia con el general, que operaba con las tropas. Tanto los éforos, como el comandante militar tenían dos varillas de igual largo y ancho, y cuando tenían que escribir sus comunicados enviábanles una cinta en forma de espiral, cuyos bordes se tocaban sin dejar ver nada del bastón que servía como patrón y base.

El mensaje se escribía transversalmente sobre los bordes de la cinta, desde la punta hasta el otro extremo de la varilla y la cinta, sacada después, no mostraba más que letras mutiladas, con cabezas y colas separadas. Para su lectura era necesario enrollar la cinta nuevamente sobre un bastón que tenía igual ancho y largo: un requisito, sin el cual la cinta era tanto para el enemigo como para cualquier otra persona, que no fuera el destinatario, completamente ininteligible. Los espartanos llamaban a esa cinta-epístola, ingenioso invento suyo, brevemente: skytalé.

El cartaginés Asdrúbal a su vez, tenía un método propio que felizmente no quedó en secreto pues en caso contrario sería imposible para nosotros comentarlo ahora. Escribía con su punzón sobre una tabla de madera blanda y después extendía encima la cera, y la tabla así preparada era enviada al destinatario, sin escribir nada sobre la cera o escribían cosas sin importancia alguna. El destinatario, al recibir la tabla, quitaba la cera, y leía lo grabado en la madera, haciendo su contestación luego de la misma manera.

Para mantener el secreto de comunicación, el invento de Histico era todavía más ingenioso, en cierta manera cómico y al par original. Este espía, que vivía en la corte de Darío, escribía sus noticias más secretas sobre la cabeza afeitada de un esclavo suyo, al que mantenía luego encerrado hasta que le salieran espesamente los cabellos. Le enviaba luego como mensajero con una carta sencilla a su cómplice Aristágoras, que so pretexto de higiene, rapaba la cabeza del esclavo y leía la carta sin dificultad alguna, y el esclavo ni soñaba que su cabeza servía como correspondencia.

Cuando Marco Antonio tenía sitiado en la ciudad de Mutina a Décimo Bruto, Octavio Augusto auxilió al combatido ante la batalla decisiva y no obstante que la ciudad estaba rodeada por el ejército de Antonio, podía hacer llegar a Bruto sus mensajes, grabados sobre tablas delgadas de bronce, con la ayuda de hombres ranas, llamados urinatores. Estos llegaron fácilmente a la ciudad, cruzando el río Scultenna.

También enviaba a Brutus noticias en clave por medio de palomas mensajeras, método que entonces estaba muy en boga, pues los griegos tenían por costumbre hacer llegar de esta manera a cada ciudad el nombre de los victoriosos, que ganaron la palma en los juegos olímpicos.

Acerca de otro sistema nos refiere Plutarchos, que entre los numerosos discursos de Catón se conservó uno solo, porque esta arenga, durante su elocución en el Senado, por orden del entonces cónsul M. T. Cicerón, fue anotada palabra por palabra por los afamados «amanuenses», que escribían la oración por medio de pequeños signos, entre los cuales cada uno tenía el valor de muchas letras y sílabas.

Dice Plutarchos que estos amanuenses eran los primeros representantes de los posteriores semeyógrafos a los cuales conocemos como celerígrafos, llamados con una palabra griega brevemente taquígrafos.

Las criptogramas de César, el skytalé de los lacedemonios, los sílabas-signos de los semeyógrafos, todo ello nos demuestra que el hombre siempre fue inventivo, y que el ingenio humano es perenne, porque no tiene edad.

SÉNECA Y LA MUERTE


Advierte, pues, que naciste para la muerte!
L.A. Séneca: De tranq. XI

Toma mi alma Señor. Mejorada te la devuelvo!
L.A. Séneca, De tranq. XI

Grande era la indiferencia y el desprecio con que el hombre antiguo trataba a la muerte. La causa de esta conducta era la circunstancia de que el hombre, víctima de su inhumana época consideraba sin equivocarse que la vida es una condena, y la igualdad, la liberación y la paz, estaban sólo en la muerte.

Dice el gran estoico de Roma que cuando entramos llorando en esta vida ya quedamos notificados de que un día saldremos de aquí llorado por esta vida. Desde el nacimiento caminamos sobre innumerables sendas hacia la inevitable salida. Exhalamos la vida a la vez que respiramos, y cada paso nos acerca a la muerte, que nos advierte, que muere sólo el que vive, y morir es también uno de los tantos deberes, que nos impone la vida.

La muerte no viene de golpe, pues cada día morimos algo, y cada día perdemos una pequeña parte de nuestra vida; y, después de miles de resurrecciones en cada mañana, un día no habrá más un despertar, y esa será la muerte, en la que nadie puede ser desgraciado, porque ya no existe.

Séneca enseñó a la gente que ese no poder despertar, es el mejor invento de la naturaleza porque el Beneficio de la Muerte, nos devuelve la Paz, que hemos tenido antes de nacer.

»¡Ten paciencia!», nos dice Séneca. «Ten paciencia, por un momento! Ya viene la muerte y a todos nos hace iguales: los pobres y ricos serán iguales, y verán que la mayor felicidad es no nacer».

En la consolación de Crantor un cierto Tyreneo Elyseo, lamentando mucho la muerte de su hijo, fue a ver un Evocador de Espíritus. Éste, en previa consulta con Proserpina, dijo su respuesta al afligido padre:

–¡Vana es la preocupación tuya, Tyreneo porque tu hijo Euthymo no desea volver más a la tierra porque ha alcanzado ya la máxima dicha del Destino, que aquí se llama la Paz! El sólo te hace saber, que tus lágrimas de nada sirven. No conmueven al Destino Por ello Tyreneo, no debes verter tus lágrimas, porque si lloras, deberías llorar siempre, porque siempre sabías que tu hijo un día debe morir; el que llora esa parte de la vida, ¡debe llorar la misma vida entera! No hay que llorar a los muertos, porque ellos sólo están ausentes . ¡Hay que esperar con serenidad, el pronto encuentro!

La muerte es la libertad, después de una vida esclavizada, y después de la servidumbre de la vida, nos brinda también la igualdad, que era imposible alcanzar durante toda la vida.

Cuando el emperador Valentiniano falleció, dícese que esperaba el féretro detrás de la puerta ancha de su cripta, el gran obispo San Ambrosio.

El maestro de ceremonias golpeó a la puerta, y el obispo preguntó:

—¿Quién es?

Contestó:

—¡Valentiniano! ¡El Señor del Imperio Romano, Tribuno de su Pueblo y Padre de la Patria!

—No conozco a ese hombre —replicó la voz severa desde el interior de la cripta. El hombre del bastón de ceremonias, golpeó entonces por segunda vez a la puerta, y a la pregunta del obispo, dijo:

—¡El emperador Romano pide entrada en su mausoleo!

—No conozco a ese hombre —le rechazó la entrada una vez más con la misma contestación.

Por tercera vez golpeó entonces la puerta y a la pregunta del inclemente portero, el maestro de ceremonias dijo:

—¡Señor! ¡Un alma humilde desea entrar, para poder comenzar su sueño eterno!

—Adelante! —contestó Ambrosio— y la puerta se abrió ancha para el pobre muerto, que poco antes era el todopoderoso Emperador Valentiniano.

Dice Séneca, que la noche empuja al día, y de un momento a otro, nosotros también llegaremos al punto en que tenemos que repetir con Sócrates: «Ya es tiempo de que salgamos de aquí; nosotros, para morir, vosotros, para vivir, pues «ni un instante podemos olvidar, que el que vive debe morir, y el que muere, quisiera vivir, por lo menos como Ennio, en un eterno recuerdo!»

DANDAMIS


Hasta ahora no tengo amistad conmigo.
L.A. Séneca: De Vita Beata.2.

Así como las golondrinas acuden en
verano, y huyen en invierno;
así los falsos amigos están presentes
en la prosperidad, pero huyen, cuando
llega el invierno de la fortuna...
M.T.Cicero: Rhet. Ad. Her III

En la obra del antiguo autor griego, Toxaris, éste nos relata la historia de Amizoco y Dandamis.

Los dos jóvenes, como era costumbre en este pueblo, hirieron sus brazos, y la sangre vertida la bebieron mutuamente en una copa de vino, comprometiéndose de esta manera a conservar la amistad hasta la muerte. Juraron luego por el viento y el alfanje, porque el primero es símbolo de vida, y la espada señal indiscutida de funesta muerte.

A los cuatro días de haberse jurado amistad eterna, Amizoco y Dandamis estaban acampados como soldados de las tropas escitas a orillas del río Tanaia.

En una escaramuza imprevista con los sarmatos, que se hallaban al otro lado del río, Amizoco fue apresado por éstos, y al ser arrastrado hacia allí a voz en cuello imploraba el auxilio de su amigo Dandamis.

Toxaris por medio de esta parábola nos dio un ejemplo, acerca del profundo respeto con que debemos pronunciar siempre la palabra «amigo» .

Éste al oír las súplicas del amigo sin vacilar ni un momento, se arrojó al agua, y a la vista de todos, siguió nadando hacia la otra orilla, donde los sarmatas lo esperaban ya con los arcos tensos y dardos listos, pero Dandamis gritó: «¡Ziris!» y el que pronunciaba esta palabra, se libraba de la muerte. En efecto, fue recibido sano y salvo y llevado inmediatamente a la tienda del general. Al ser presentado, pide Dandamis que le entreguen a su amigo, pero el jefe de los sarmatas le dijo que no había inconveniente alguno, siempre que estuviera decidido a pagar el rescate, que no sería poco.

Dandamis le contestó:

—¡Señor! Os habéis apoderado de todo cuanto tenía, pero si así desnudo como me encuentro, puedo pagarte algo, estoy dispuesto a todo! Manda lo que te agrade —le agregó— y si lo quieres, quedaré en lugar de mi amigo.

—¡No! —replicó el caudillo. No puedo tenerte conmigo, porque has llegado, gritando Ziris, palabra, que te aseguró la vida y la libertad, por ello si me dejas una parte de lo que tienes, puedes llevar contigo al amigo cautivo.

—¿Qué parte de mi cuerpo quieres? —preguntó el joven.

—¡Tus ojos! —le respondió.

—Tomadlos! —contestó inmediatamente Dandamis.

Le sacaron luego los ojos, cobrando los sarmatas de esta cruel manera el rescate estipulado.

Dandamis recibió en cambio al amigo cautivo y regresó apoyado en su hombro. Así pasaron a nado el río, volviendo con vida al propio campamento los dos.

Dice Toxaris que este hecho reanimó a todos los escitas que vieron que los enemigos no han podido arrebatarles lo que significaba el mayor de sus bienes, la fidelidad de los amigos.

Los sarmatas quedaron también a su vez asombrados por el extraordinario valor humano de sus enemigos, a los que sólo por sorpresa podían combatir. Impresionado y al par amedrentados por el ejemplo de Dandamis, al llegar la noche, quemaron sus carros y se dieron a la fuga, considerando imposible vencer a una nación que tenía semejantes hijos.

Amizoco, el amigo rescatado, no pudiendo soportar poseer lo que el otro por causa de él carecía, se cegó voluntariamente y ambos fueron honrados por toda la nación escita.

DEMONAX, EL FILÓSOFO


» ... si eres el primero, no eres el único y
si eres el único, desde luego no puedes
ser el primero!».
Demonax.

Demonax, por su nacimiento en Chipre, abogado de profesión –según Luciano– con corazón ateniense, parecía estar inspirado por Venus y las Gracias, porque como Eupolis sostiene, la persuasión residía sobre sus labios.

De alma detestaba a los filósofos, porque él mismo era uno de ellos. Pensaba igual que la Luna, la que por medio de Ícaro Menipo, le recomendaba a Júpiter: «Triturar a los físicos, tapar la boca de los dialécticos, derribar el Pórtico con los estoicos y poner fin a la discusión de los peripatéticos.»

Se reía de ellos y cuando el renombrado sofista Favorino le preguntó: «¿Quien eres tú, que te atreves a burlarte de los filósofos?», le dijo:

—¡Soy Demonax, cuyos oídos no se dejan engañar!

Al peripatético Agatocles, que se jactaba públicamente de ser el único y el primero de los dialécticos, le dijo ante su público: «¡Pero Agatocles, no seas tan estúpido! Porque si eres el primero, no eres el unico y si eres el unico, desde luego no puedes ser el primero!»

Al ver a un adivino que profetizaba por honorarios, lo amonestó diciendo: «No comprendo por qué razón cobras a tus clientes, porque si puedes cambiar en algo los designios del Destino, pides excesivamente poco, y si todo debe ser como está escrito por la muerte, ¿para qué sirve entonces tu presagio?»

Demonax gozaba de mucha fama; su sapiencia era conocida por el mundo antiguo; de todas las regiones llegaron para consultarle, reyes, jurisconsultos, y cónsules.

Cuando Herodes se encerró en un cuarto oscuro, llorando desesperadamente la muerte de su hijo, Demonax, acercóse al rey y presentándose como mago le ofreció evocar la sombra de su hijo, siempre que el rey pudiera nombrar tres personas que jamás hubieran llorado a nadie. Quedó entonces Herodes sin argumento, porque no podía hallar ni una sola, que nunca hubiera vertido —durante su vida— lágrimas.

—¡Señor! —dijo entonces Demonax—. ¿Cómo puedes creer que eres el único que sufre, cuando ahora ves que nadie esta exento del llanto y dolor?

Advirtió a un jurisconsulto que las leyes son prácticamente inútiles, porque los buenos no las necesitan y los malos nunca las respetan.

Al Procónsul le recomendaba escuchar mucho, hablar poco, y ser justo sin enojarse jamás.

Para las preguntas capciosas tenía siempre la misma contestación aguda y a uno que le interrogó:

—Si quemo mi casa, ¿qué parte se convertirá en humo?

—Todo — le contestó Demonax — menos las cenizas, Amigo!

En una ocasión estaba por embarcarse con bastante mal tiempo.

—No temes naufragar y ser comido por los peces? —quería saber uno de los amigos.

—Sería ingrato si temiese que me comieran los peces, después de haber comido yo a tantos — replico con ironía el sorprendido filósofo.

Demonax era creyente, pero el amigo que le invitaba al templo de Aesculapio a fin de rogar por la salud de su hijo, le dijo:

—Tú crees seriamente que el Dios es sordo? ¡Ten la seguridad de que desde aquí nos oyó todo!

A otro que le preguntaba: «¡Demonax! ¿Como será el infierno?

—¡Espérate! —le dijo— sin falta te contaré todo, siempre que yo llegare allí!

Perseguía el pecado, mas perdonaba al pecador y recomendaba seguir el ejemplo de los médicos, que curan las enfermedades sin irritarse contra los enfermos, aunque no les paguen los cuantiosos honorarios.1

Demonax nos enseñaba que errar es humano, saber perdonar es nobleza y corregir es sólo oficio de los dioses, representados en la tierra por los sacerdotes de la Piedad y Justicia, llamados Padres, Maestros y Magistrados.

DIÓGENES, EL CÍNICO


Sunetótaton toon zóón nomizein
einai tón anthopon ...

El hombre es el único animal
que sirve para todos.
Diógenes. VI.80.

Hacia el siglo 418 a.C.n. nació en la casa del banquero Isecio, en el pueblo de Sinope un hijo de éste, a quien ante el altar de Los Lares dieron el nombre de Diógenes.

Acerca de su juventud no sabemos mucho: algunos sostienen que fue un religioso kakón porque instigado por el oráculo de Delfos, se dedicaba a fabricar monedas, hasta que lo descubrieron y tuvo que huir a Atenas. Ahí el perseguido se hizo discípulo de Antístenes, y aprendió la amarga sabiduría, que consistía en vivir como los kynikoi, es decir como los perros, despreciando las cosas humanas y ladrando diariamente contra sus prójimos.

Diógenes era rotundamente misántropo, y para él, el mundo era inmundo. El genio díscolo demostraba su despecho contra todo a cada momento. En pleno día encendía su antorcha y buscaba hombres, llamándolos en voz alta: «¡Hombres!» «¡Hombres!»; y cuando se agolpaban algunos, los dispersaba con su bastón insultándolos: «¡Hombres buscaba, no excrementos!»

Despreciaba a los matemáticos porque al escrutar el cielo no tenían tiempo de ver lo que ocurría en la tierra. De la misma manera vituperaba a los músicos, que, pulsando las cuerdas de sus liras, estaban al mismo tiempo en pleno desacuerdo con las costumbres y con la vida.

Acerca de los magistrados y los médicos, empleados en el gobierno, se limitaba a observar que «¡el hombre es el único animal que sirve para todos!» Al ver a algunos altos funcionarios, llevando al autor de un hurto pequeño, dirigiéndose a los curiosos, les dijo: «Desde mucho tiempo atrás está ya en boga, que los grandes ladrones sean los que apresan al más pequeño».

Detestaba a las mujeres, a los desviados morales y a los ignorantes. Los atletas, según su opinión, no tienen cerebro, sólo carne de cerdo y de buey. Referente a las mujeres, opinaba que la mujer es la fuente del mal: habiendo visto una vez a varias mujeres ahorcadas en un olivo, dijo: «¡Ojalá que todos los árboles tengan semejantes frutos!»

Aborrecía a las que vendían sus amores, y las consideraba como vino que tiene veneno mezclado con miel. Dijo que ellas son como las reinas de los reyes: piden lo que quieren, y nadie se anima a decirles que no. A uno que le estaba suplicando a una ramera, le dijo «¿Por qué anhelas alcanzar, miserable, una cosa de la cual más vale carecer?» Al ver a un atleta olímpico, paseando con una prostituta, lo señaló en voz alta diciendo: «¡Mira cómo el gallo belicoso es llevado del cuello por una vulgar gallina!» Al hijo de una conocida ramera que tiraba piedras a la gente congregada en la plaza publica, lo amonestó: «¡Pero, hijo! ¿Cómo te atreves a tirar piedras contra tus padres?»

Opinaba que la infidelidad es la fortaleza del sexo débil, por eso estaba contra la institución del matrimonio y al ser preguntado, cuándo deben casarse los hombres, se limitó a decir: «¿Los jóvenes? Todavía no. ¿Y los viejos? Nunca». Dio este consejo, porque como discípulo de Antístenes, estaba convencido de que «el amor es la ocupación de los desocupados» y que casarse con una mujer hermosa es prácticamente lo mismo que compartirla con otro.

De corazón detestaba a los afeminados y a uno le recomendaba: «Si la naturaleza te hizo hombre, ¿para qué haces tantos esfuerzos para convertirte en mujer?» En Atenas pululaban estas tristes figuras, por ello, en una oportunidad, al volver de Esparta a Atenas dijo Diógenes: «Vengo del pueblo de los varones, para estar un poco aquí, en la ciudad de las hembras».

Diógenes no era amigo de los filósofos, y especialmente despreciaba a Platón. Éste, en una oportunidad —al ver a Diógenes lavando algunas hierbas— le dijo: «¡Si sirvieras a Dionisio, te aseguro que no lavarías ahora verduras!» Mas él acercándose a Platón le contestó con una agria ironía: «¡Si tú lavaras hierbas, serías independiente, y no un sirviente de Dionisio!»

Despreciaba a los aduladores, y consideraba héroe al que conociendo a los poderosos, tenía el valor de ni acercarse a ellos.

Platón enseñaba que el hombre es un animal de dos pies y sin plumas. Tomó entonces Diógenes un gallo, le quitó su plumaje, y lo tiro en la escuela de Platón diciendo: «¡Aquí tenéis ahora el hombre que inventó vuestro genial maestro!» La fama de Diógenes llegó hasta el rey de los macedonios. Éste, al visitar a Diógenes, le dijo: «¡Yo soy Alejandro, el rey!» y el filósofo, sin inmutarse, le replicó: «¡Y yo, Diógenes, el can!»

Al ser preguntado, por qué causa le llaman perro, respondió: «¡Halago a los que me dan algo, ladro a los que no dan, y muerdo a los malvados!»

Impresionado Alejandro por las respuestas de este hombre, le dijo: «¡Pídeme lo que quieras!» Pero Diógenes declinó la oferta diciendo: «Te pido que no me quites lo que jamas podrás darme: ¡el sol!» Alejandro quedó tan entusiasmado con la atrevida respuesta que espontáneamente exclamó: «¡Por mi padre, Amon Júpiter te digo, que si no fuera Alejandro, con gusto quisiera ser Diógenes!»

El filósofo, sin embargo, no prestó mayor atención al rey, y cuando Alejandro en una oportunidad le envío una carta a Antipater en Atenas por medio de un tal Atlías, Diógenes hizo la afamada e irónica observación: «Hé atlía tés Atlías, ton atlían to Atlía!», es decir, «¡Una carta miserable de un miserable, llegó por un miserable a un miserable!».

Alejandro tampoco carecía de la sal de Ática, y mandó al agrio filósofo un hermoso disco, pero hecho todo de hueso, Diógenes al recibirlo quedó muy disgustado, y observó con desprecio que «¡el obsequio es más bien comida para perros, que regalo de reyes!»

Pregonaba la pobreza, pero no la megarense, pues allí, para asegurar la calidad de la lana, las ovejas eran cubiertas con pieles, pero iban desnudos los muchachos. Por esta razón a Diógenes le parecía que «¡entre los megarenses más vale ser carnero, que hijo!»

A uno que le preguntó por qué el oro es tan pálido, le respondió: «¡Porque está amedrentado por la multitud de gente que lo busca!»

Dijo que el dinero es la metrópolis del mal, pero igual lo aceptaba de sus amigos y jamás pensaba en devolverlo. Dijo que el mejor vino es el añejo y ajeno, y que el hombre es libre, mientras no se deje atemorizar.

Cuando uno le reprendió: «¡Los sinopenses te condenaron al destierro!», respondió en el acto: «¡Y, yo a ellos a quedarse!» A los que lo instaban a que buscase su esclavo que se le había fugado, les respondió: «¡Fuese cosa ridícula que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, Diógenes no pudiera vivir sin Manes!»

A otro, que le reprochaba que era falsificador de monedas le replicó diciendo: «Efectivamente hubo un tiempo, en que era yo tal cual tú ahora, pero lo que yo soy ahora, tu no lo serás nunca».

En un viaje, navegando a Egina fue apresado y vendido por los piratas en la isla de Creta. Al pregonero que le preguntó qué sabía hacer, le respondió: «¡Mandar a los hombres libres!» Y al decir esto señaló con su índice al corintio Xeníades: «Véndeme a éste, porque veo que necesita un amo». El perplejo Xeníades lo compró en el acto, aunque Diógenes no quiso levantarse cuando así se lo ordenó el pregonero, sino que rio y dijo: «Me gustaría saber, ¿qué harías si vendieses pescado?»96/a

Como hemos dicho, Xeníades compró a Diógenes y lo llevó a Corinthos, donde le encargó de la educación de sus hijos. Enseñaba a éstos el silencio pitagórico y los adoctrinaba en las buenas costumbres. Consideraba que el saber para los jóvenes significa templanza, para los viejos consuelo, para los pobres riqueza y para los ricos ornato, sin el cual el acaudalado sería una simple oveja con piel de oro». Por ello detestaba a los indoctos y a un ignorante que preguntó por qué a los esclavos los llaman «Andrápodas», respondió: «¡Porque tienen los pies como los hombres y el alma como tú, que me lo preguntas!»

Enseñaba a vivir parcamente y a uno que deseaba saber a qué hora y cuántas veces conviene comer, le dijo: «¡Si es rico, cuando quiera; y si es pobre, cuando pueda!» Diógenes, que vivía como un perro, hablaba como un sacerdote y declaraba la guerra a la procacidad. A un muchacho decente, que se expresaba en forma vulgar, le advirtió que es una pena tener dentro de una vaina de marfil una espada de plomo. Tenía fe en los dioses, pues preguntando por el boticario Lysias, si creía en los dioses o no, respondió: «¿Cómo podría negarlo, si te tengo como enemigo de ellos?»

En una oportunidad le preguntó Xeníades, su amo, cómo quisiera ser enterrado. «Boca abajo», contestó Diógenes, porque aquí a poco se volverán las cosas de abajo a arriba. Dijo esto porque ya entonces los macedonios tenían mucho poder, y los humildes iban a hacerse grandes y poderosos.

Diógenes no tenía miedo a la muerte, pues opinaba acertadamente que cuando llega la hora, ya nadie siente los últimos segundos.

Murió a los noventa años y los antiguos nos trasmiten acerca de su muerte historias diferentes. Lo más probable es que el «Ciudadano del Mundo» y el «Gran Can del Mundo antiguo», dejó su aventurera vida, en forma digna de un noble perro porque el «Hijo de Ju-Piter y Can Celeste» murió de hidrofobia, mordido por un perro. Murió de la rabia que le acompañó como si fuera su sombra, acosándole durante toda su existencia cínica (kynica).