sábado, 21 de junio de 2008

Los penteteoses de Roma




Penteteoses llamaban los antiguos a los dioses que esperaban en el parto al recién nacido llegados desde la eternidad a esta corta vida.

El primero entre ellos era el dios Vaticano. Él era quien ayudaba al recién nacido a emitir el primer Vagido, el primer grito que señalaba el comienzo de una vida.

Estaban también presentes las tres Parcas Moira, Nona y Décima y también la Diosa Levana.

Moira esculpía la forma humana y decidía acerca del fin de la vida del recién nacido. De su obra imperfecta nacieron los monstruos, para simbolizar el disgusto de los dioses para con los padres. Estos infelices en el estado teocrático como eran Roma y Grecia, vinieron sólo para transmitir el disgusto de los dioses, y pronto tenían que morir.

El romano consideraba monstruo a todos los nacidos que carecían de forma humana, y también a los que poseían el aspecto humano pero en forma deficiente o que por el contrario eran demasiado perfectos.

Nos refiere Livio que en pueblo itálico de Arimino nacieron algunos sin ojos, ni nariz, y en Veyas nació uno con dos cabezas y otro en la ciudad de Sinuseia con cabeza de elefante. En Arrecio llegó al mundo un niño con un solo brazo, y en Sinuseia, a otro le faltaba la mano.

En la ciudad de Axima nació una niña con dientes, evidente señal de prodigio, y muy pronto después en Trusianone un niño de sexo dudoso, que tenía el tamaño de uno de cuatro años de edad. Arúspices, llamados de Etruria a Roma, declararon que aquel prodigio era siniestro para la República y aconsejaron arrojarlo fuera del territorio romano, sin dejarle contacto tomar con la tierra. Recomendaban ahogarlo en el mar. Encerráronle entonces vivo en un cofre, lo llevaron a alta mar y lo sumergieron.

El infante, desde el momento de llegar a este mundo de luz, debía seguir estrictamente el camino indicado por la diosa Moira, la diosa del Destino. Demasiado temprano diferenciábase la suerte humana: unos nacían esclavos, otros —por culpa de sus padres— indignos, y por ello abandonados. Otros nacieron para ser nobles, plebeyos o patricios, y algunos privilegiados, muy pocos, podían nombrarse como Hijos de dioses.

Existía en Roma una plaza, llamada Foro Olitorio, conocida con este nombre porque era la plaza de los verduleros y pescadores. Había allí una columna que el pueblo llamaba «Lactaria», columna de los lactantes. En ella se exponían los niños que no eran levantados desde la tierra por el padre, porque la diosa Levana se negaba a presidir la ceremonia del reconocimiento, si el hijo era fruto del adulterio. Allí fueron expuestos todos los nacidos del incesto, de los amores prohibidos y de las relaciones nefandas.

Acerca de la legitimidad de los recién nacidos cometieron muchas injusticias porque los romanos carecían de la habilidad y medios seguros que tenían los Psílos. Los Psílos, antiguo pueblo, eran inmunes al veneno de todas las serpientes y hasta éstas huían de ellos. Cuenta Herodotos que cuando les nacía un hijo, ponían en la cuna del recién nacido una serpiente. Si ésta huía, no cabía duda que el niño era legítimo, pero, si la serpiente lo mordía demostraba que el niño era ilegítimo y el par eliminaba el mal venido hijo de un extranjero.

La suerte de las criaturas de la Columna Lactaria no era dudosa. Dice Lactancio que la mayoría de los niños expuestos allí fue recogida, pero por gente depravada que en esta forma fácil ampliaban su criadero para el mercado de esclavos y prostíbulos, hasta que el emperador Justiniano puso un enérgico fin a estas maquinaciones nefandas y kakogenésicas. Dice Tertuliano en su Apologética que «... exponen a los hijos a la ventura de la misericordia ajena..., y ocurre a veces, que se pierde la memoria de estos hijos expuestos y que uno por error tropieza con ellos, casándose el hermano con su propia hermana, el padre con su hija..., y de allí se eslabonan varias generaciones con el perpetuo incesto...,» que termina con la degeneración de la misma nación!

La segunda parca era la diosa Nona. Ella era la protectora de los bien nacidos, que llegaban a este mundo hacia fines del mes nono, noveno. En nueve meses nacieron los quirites de Roma, plebeyos y patricios, todos humanos, demasiados humanos, porque los que advenían a fines del décimo mes eran los privilegiados de la Divinidad Décima, los Hijos de Dios, que llegaban a ser héroes, caudillos de su pueblo, haciéndose inmortales en la historia. En Roma no faltaban las hermosas mujeres ni hijos que nacieron de dioses.

C. Opio relata que la madre de Scipio se creyó estéril y su esposo Publio estaba desesperado por tener un hijo; un día ella al quedar dormida sola en su lecho de pronto vió a su lado una serpiente enorme y a los gritos de espanto que lanzaron los testigos del prodigio, desapareció inmediatamente. Scipio, el marido consultó a los augures, y éstos le anunciaron que pronto tendría el hijo deseado. Su esposa efectivamente al décimo mes dió a luz a Publio Scipio, indiscutido hijo de Júpiter que en la segunda guerra púnica venció en África a Aníbal y a los cartagineses. También Suetonio nos refiere que diez meses antes del nacimiento de Augusto, acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos sus habitantes y los libros de Sibila anunciaron que el Pueblo Romano pronto tendría su rey.

El Senado preocupado prohibió criar a los niños que nacieran en este año; sin embargo, algunos cuyas esposas estaban encinta, esperaban que la predicción les favoreciese, y consiguieron impedir que el Senatusconsulto sea llevado a los Archivos públicos para su promulgación. Entre estas mujeres también estaba Acia, esposa de un ilustre caballero romano, acerca de ella —Asclepiades Mendetos, en su tratado sobre «Lo Divino» nos refiere que ella había acudido en esa época a media noche al templo de Apolo para un sacrificio solemne. Dice en su relato, que pronto se deslizó a su lado una serpiente que retiróse poco después... Desde aquél momento quedó en el cuerpo de Acia la imagen de esta serpiente, que era el mismo Dios Apolo. Ella nunca la pudo borrar y por esta razón no quiso mostrarse más en los baños públicos.

Diez meses después de este acontecimiento dió a luz a un hijo, y por esta razón consideraban en Roma, que el recién nacido era hijo de Apolo.

El día en que nació, —62 a. Cr. n.— deliberábase en el Senado acerca de la conjuración de Catilina, y el feliz marido llegó un poco tarde con motivo del parto de su esposa Acia. Es cosa muy conocida, comenta Asclepiades Mendetos que Publio Nigidio, enterado aquí de la causa del retraso y hora del parto, exclamó «Nació el dueño del Universo!». Este hijo de Apolo y de Acia, en el noveno día recibió el nombre de Octavio, quien más adelante como el primer emperador de Roma, tomó el nombre de Augusto.

Cinco dioses rodeaban en la antigua Roma la cuna del recién nacido. Ellos decidían quién debía vivir y quién morir. Quién debía ser esclavo, y quién triste expuesto. Quién plebeyo o Caballero Romano, y quién el electo y dilecto Hijo de Dios, prócer deificado, redentor de su mundo, o Príncipe, embriagado por el humo del incienso le que rodeaba constantemente.

Cinco dioses decidían la suerte humana en la antigua Roma, sin que por eso nadie se sublevase contra la voluntad divina.

Hoy se dice que el hombre de voluntad libre es dueño de su propio destino, destino que nos espera ya en la cuna, porque es un regalo de Dios.

El antiguo romano y la injuria

«Lo que de él se dice, no puede decirse! y
lo que puede decirse, no se dice!»
M. T. Cícero. Rhet. a C. Her.
Los antiguos romanos llamaron injuria a todo acto que carecía de derecho. Especialmente consideraron tal a la contumelia, palabra que deriva del verbo latino «contemnere», es decir despreciar, porque injuria es despreciar al otro.
El antiguo romano, demasiado humano, sin embargo inventó numerosas clases de desprecios: numerosos medios para ofender y gozar ante el dolor de otro como si éste fuera un lejano y no un prójimo nuestro.
Séneca considera que son injuriosos los que nos ofenden por causas y medios distintos.
¡El orgulloso te ofende con sus desprecios!
El rico con su altanería,
El impertinente con su torpe vocería
El envidioso con su malignidad
El contradicente con su mote: ¡Hazme la contra
para que seamos dos!
El vanidoso te ofende con sus mentiras
El impúdico con sus ofertas necias
El cínico con su agria ironía
El difamante con su cobardía
El intruso te ofende en tu casa y
El iracundo con su provocación constante.
A veces te ofende el amigo cuando alquila para tí un peligroso enemigo. Para matar a Julio César, concurrieron menos enemigos que amigos, cuyas insaciables esperanzas no había satisfecho.
En la antigua Roma habían orgullosos, que nadaban en el dinero, y despreciaban a todos los que estaban ahogados por la miseria. Lo único que sabían apreciar era el Denario, y todo lo demás era despreciado, e injuriado. De lejos reconocían el oro, pero desconocían a sus pobres prójimos. Eran estos los miopes de los antiguos, miopes sin alma, y sin anteojos... El orgullo les quitó la buena vista, para ellos era suficiente si el denario, y el sestercio les dió el «visto bueno».
No faltaban desde luego los groseros. Crysippo vió llorar en el Senado a Fido Cornelio, yerno de Ovidio, porque Corvulo le llamó «!Avestruz pelado!», y a Léntulo le ofendió Démonax diciendo: ¡Qué linda es tu toga Léntulo! Toga de fina lana de un cornudo carnero!». Marcelo elogió a Tullio: «¡Tú eres como el gran pretor Verres!». La comparación era la peor injuria, pues nadie ignoraba que Verres era ladrón y la vergüenza de la República. Este mismo Verres vociferaba contra su acusador: «¿Porqué ladras tanto contra mí, Cicerón?», y éste le contestó en el acto: «¡Porque veo un ladrón!». Todavía no sabemos si Dolabella quiso ofender o no al Atico, cuando le dijo: «¡Verres en comparación contigo es un noble caballero romano!».
*
Contra el galán que se atrevía a molestar a las mujeres desconocidas, estableció el Digesto, que cortejar es atentar con dulces palabras contra la honestidad de la mujer, y también es un atentado contra las buenas costumbres seguir a alguien en la calle «pues sigue el que tácitamente lo hace con frecuencia, y la asidua frecuencia atribuye una cierta infamia. Injurias fueron estos actos, injurias de los impúdicos, contra los cuales procedió el pretor en virtud de su edicto.
*
Dice Séneca, que también hay alguien que a menudo nos injuria; y es nuestro propio yo! Nuestra alma mimosa, y demasiado curiosa.
El color rojo excita al toro, la serpiente áspid se yergue delante de una sombra y, un lienzo blanco alarma a los osos y leones. Lo mismo acontece con nuestro espíritu inquieto.
No hay que alarmarse por sospechas de las cosas..., nos sentimos injuriados por nada, porque somos curiosos. El que averigua todo cuanto se dice de él; el que quiere desterrar las palabras malévolas, ése se persigue a sí mismo.
*
Lo concerniente a los efectos de la injuria, y la manera cómo los antiguos las consideraron y soportaron, es notable y cabe recordarlo aquí: Examinaban el carácter y la intención del injuriante y luego lo diferenciaban y calificaban como injuriante real o virtual. Empleaban para tal fin el «cuestionario» de Séneca:
¿Es un niño? Entonces se perdona la edad, pues ignora si hace daño.
¿Es un padre? O nos ha hecho bastante bien, para adquirir el derecho a una ofensa, o tal vez es un favor más el que tomamos por injuria.
¿Es por mandato? ¿Quién podría sin injusticia irritarse contra la necesidad?
¿Es por represalia? No se te injuria si sufres lo que tú has hecho sufrir antes.
¿Es un juez? Respeta más su sensibilidad que la tuya.
¿Es un rey? Si te declara culpable, cede a la justicia: si inocente, cede a la fortuna.
¿Es un animal? Te haces semejante a él irritándote.
¿Es un Dios, quien te ofendió? Pierdes el tiempo irritándote contra él, lo mismo que al invocar su cólera contra otro.
La mentalidad estoica romana consideraba que la mejor y más acertada manera de soportar las injurias es precisamente no devolverlas.
Si es un varón justo, el que te ha injuriado; no lo creas!. ¿Y si es malvado? No te asombres! No hay que devolver la injuria, pues otro le castigará por lo que te ha hecho y ya lo está por la falta misma que ha cometido contra tí.
Un hombre golpeó por error en los baños públicos a Marco Catón, a quien no conocía. Cuando lo reconoció, excusóse en seguida, pero Catón le contestó: «No recuerdo haber recibido esos golpes!» Consideraba mejor olvidar la injuria que castigarla... y aquel hombre aprendió a conocer a Catón.
Propiedad de grandes almas es despreciar las injurias y olvidar la venganza pues: la venganza más humillante para el agresor es no parecer digno de provocarla. Además ocurre que muchos al pedir reparación por injurias pequeñas, no han hecho más que agravarlas. Dice Séneca que grande es aquél que imitando a las fieras nobles, oye sin conmoverse los impotentes ladridos de perros rabiosos.
La mejor venganza es quitar al que quiso hacer la injuria, el deleite de ella, porque el fruto de la injuria consiste en que se sienta y en la indignación del ofendido. Si demostramos que nos causa enojo, nos confesamos alcanzados por ella y confesarla es además admitir que nos han herido: por ello especialmente las injurias de los poderosos deben soportarse no solamente con paciencia, sino también con risueño rostro, porque humillarán de nuevo, si se persuaden de que han humillado. Los precautos romanos tenían siempre en consideración la alternativa según la cual el que te ofende o es más fuerte, o es más débil que tú! Si es más débil, perdónalo! Si es más fuerte, perdónalo!. Si es un amigo, quien nos ofende, quizás ha hecho lo que no quería: pero si es un enemigo, hizo lo que debía. Cedamos al prudente y perdonemos al insensato —nos recomienda el estoico Séneca—.
Así hizo Pisístrates, tirano de Atenas. Un comensal suyo, dominado por la embriaguez prorrumpió en denuestos contra su crueldad. No faltaban los aduladores que excitaban al tirano a la venganza, contestó a los provocadores: «No estoy ahora más conmovido, que si alguien hubiese tropezado conmigo con los ojos vendados».
Si un tirano pudo ser sensato y noble, si un César, dominado por la ira, podía contar hasta veinte, antes de contestar con calma, por que no tú también, se pregunta el antiguo romano a sí mismo.
En Roma se castigaba severamente a las injurias. Si un particular por ser pobre o infame no podía repeler una injuria, el Derecho de los Quirites, salvo en caso excepcional, nunca demoraba en aplicar las sanciones correspondientes. La Ley Decemviral, como también el Epítome de Hermogeniano establecieron que los injuriantes —si eran esclavos— tenían que ser azotados; si eran hombres libres de baja condición, apaleados, y los demás debían ser condenados a destierro temporario. Las leyes de Roma no garantizaron todavía la igualdad.
El pretor castigaba a los culpables de la injuria, considerando siempre el grado de dignidad y honradez del injuriado, según el cual crece o disminuye la estimación de la injuria. Tuvieron que decidir además sobre el grado y calidad de atroz de la injuria sufrida.
Castigaban el cinismo del injuriante, que aprovechando la lenidad de las leyes, se divertía injuriando a sus prójimos. La ley de las Doce Tablas estableció: «El que infiere injuria a otro, pagará la multa de 24 Ases!» Pero cuál será el indigente, que por 25 Ases se privará del placer de insultar? pregunta a su lector Gellio.
Dice Labeón que Lucio Veracio era un hombre desalmado, cuyo mayor placer consistía en abofetear a los hombres libres, seguíale un esclavo portando una bolsa, repleta de ases en la mano: y, en cuanto el amo propinaba una cachetada a un transeúnte, el esclavo, según lo dispuesto por la Ley entregaba inmediatamente 25 ases al injuriado. Los pretores reprendieron severamente este insólito hecho, y resolvieron hacer respetar la ley, nombrando Recuperadores (jueces) para la apreciación de las injurias cometidas.
El antiguo romano consideraba que luchar contra la injuria del superior era insensato, y sería vil hacerlo contra la del inferior, opinaban con Séneca que despreciable infeliz es aquél que devuelve el mordisco. No injuries —dice el sabio estoico— haz tranquila tu vida para tí y para los demás! Por qué has de trabajar en la caída del que te trató con altivez? Por qué te sientes injuriado, si alguien ladra detrás de tí? Ten la paciencia y nobleza de Filipo!
Filipo poseía la rara virtud de la paciencia para soportar las injurias. Rara virtud, pero poderoso medio para proteger un reinado. Refiere Séneca que Demócares, llamado con el apodo de Parrhesiastes, a causa de la excesiva intemperancia de su lengua, llegó a Macedonia con otros legados atenienses.
Filipo después de escucharles con benevolencia, les preguntó: «Decídme! ¿Qué podría hacer yo para ser grato a los atenienses?»
Ahorcarte! contestó Demócares. Estalló la indignación de los presentes al escuchar tan brutal respuesta, pero Filipo, calmándoles, mandó que se dejase marchar a aquel tersita sano y salvo «y, en cuanto a vosotros —dijo a los demás legados— decid a los atenienses, que son mucho más soberbios los que tales cosas dicen, que los que las oyen sin castigarlas!».
El antiguo romano consideraba que donde la razón no acepta la injuria, el corazón ya no la siente y la injuria no sentida, no es injuria, dice el poeta Menandros. Y, si fuera injuria, tampoco causaría impresión en el ánimo noble, sino lo contrario! Se rompe sobre aquél que con maldad te injuria.

Los penteteoses de Roma
Penteteoses llamaban los antiguos a los dioses que esperaban en el parto al recién nacido llegados desde la eternidad a esta corta vida.
El primero entre ellos era el dios Vaticano. Él era quien ayudaba al recién nacido a emitir el primer Vagido, el primer grito que señalaba el comienzo de una vida.
Estaban también presentes las tres Parcas Moira, Nona y Décima y también la Diosa Levana.
Moira esculpía la forma humana y decidía acerca del fin de la vida del recién nacido. De su obra imperfecta nacieron los monstruos, para simbolizar el disgusto de los dioses para con los padres. Estos infelices en el estado teocrático como eran Roma y Grecia, vinieron sólo para transmitir el disgusto de los dioses, y pronto tenían que morir.
El romano consideraba monstruo a todos los nacidos que carecían de forma humana, y también a los que poseían el aspecto humano pero en forma deficiente o que por el contrario eran demasiado perfectos.
Nos refiere Livio que en pueblo itálico de Arimino nacieron algunos sin ojos, ni nariz, y en Veyas nació uno con dos cabezas y otro en la ciudad de Sinuseia con cabeza de elefante. En Arrecio llegó al mundo un niño con un solo brazo, y en Sinuseia, a otro le faltaba la mano.
En la ciudad de Axima nació una niña con dientes, evidente señal de prodigio, y muy pronto después en Trusianone un niño de sexo dudoso, que tenía el tamaño de uno de cuatro años de edad. Arúspices, llamados de Etruria a Roma, declararon que aquel prodigio era siniestro para la República y aconsejaron arrojarlo fuera del territorio romano, sin dejarle contacto tomar con la tierra. Recomendaban ahogarlo en el mar. Encerráronle entonces vivo en un cofre, lo llevaron a alta mar y lo sumergieron.
El infante, desde el momento de llegar a este mundo de luz, debía seguir estrictamente el camino indicado por la diosa Moira, la diosa del Destino. Demasiado temprano diferenciábase la suerte humana: unos nacían esclavos, otros —por culpa de sus padres— indignos, y por ello abandonados. Otros nacieron para ser nobles, plebeyos o patricios, y algunos privilegiados, muy pocos, podían nombrarse como Hijos de dioses.
Existía en Roma una plaza, llamada Foro Olitorio, conocida con este nombre porque era la plaza de los verduleros y pescadores. Había allí una columna que el pueblo llamaba «Lactaria», columna de los lactantes. En ella se exponían los niños que no eran levantados desde la tierra por el padre, porque la diosa Levana se negaba a presidir la ceremonia del reconocimiento, si el hijo era fruto del adulterio. Allí fueron expuestos todos los nacidos del incesto, de los amores prohibidos y de las relaciones nefandas.
Acerca de la legitimidad de los recién nacidos cometieron muchas injusticias porque los romanos carecían de la habilidad y medios seguros que tenían los Psílos. Los Psílos, antiguo pueblo, eran inmunes al veneno de todas las serpientes y hasta éstas huían de ellos. Cuenta Herodotos que cuando les nacía un hijo, ponían en la cuna del recién nacido una serpiente. Si ésta huía, no cabía duda que el niño era legítimo, pero, si la serpiente lo mordía demostraba que el niño era ilegítimo y el par eliminaba el mal venido hijo de un extranjero.
La suerte de las criaturas de la Columna Lactaria no era dudosa. Dice Lactancio que la mayoría de los niños expuestos allí fue recogida, pero por gente depravada que en esta forma fácil ampliaban su criadero para el mercado de esclavos y prostíbulos, hasta que el emperador Justiniano puso un enérgico fin a estas maquinaciones nefandas y kakogenésicas. Dice Tertuliano en su Apologética que «... exponen a los hijos a la ventura de la misericordia ajena..., y ocurre a veces, que se pierde la memoria de estos hijos expuestos y que uno por error tropieza con ellos, casándose el hermano con su propia hermana, el padre con su hija..., y de allí se eslabonan varias generaciones con el perpetuo incesto...,» que termina con la degeneración de la misma nación!
La segunda parca era la diosa Nona. Ella era la protectora de los bien nacidos, que llegaban a este mundo hacia fines del mes nono, noveno. En nueve meses nacieron los quirites de Roma, plebeyos y patricios, todos humanos, demasiados humanos, porque los que advenían a fines del décimo mes eran los privilegiados de la Divinidad Décima, los Hijos de Dios, que llegaban a ser héroes, caudillos de su pueblo, haciéndose inmortales en la historia. En Roma no faltaban las hermosas mujeres ni hijos que nacieron de dioses.
C. Opio relata que la madre de Scipio se creyó estéril y su esposo Publio estaba desesperado por tener un hijo; un día ella al quedar dormida sola en su lecho de pronto vió a su lado una serpiente enorme y a los gritos de espanto que lanzaron los testigos del prodigio, desapareció inmediatamente. Scipio, el marido consultó a los augures, y éstos le anunciaron que pronto tendría el hijo deseado. Su esposa efectivamente al décimo mes dió a luz a Publio Scipio, indiscutido hijo de Júpiter que en la segunda guerra púnica venció en África a Aníbal y a los cartagineses. También Suetonio nos refiere que diez meses antes del nacimiento de Augusto, acaeció en Roma un prodigio del que fueron testigos todos sus habitantes y los libros de Sibila anunciaron que el Pueblo Romano pronto tendría su rey.
El Senado preocupado prohibió criar a los niños que nacieran en este año; sin embargo, algunos cuyas esposas estaban encinta, esperaban que la predicción les favoreciese, y consiguieron impedir que el Senatusconsulto sea llevado a los Archivos públicos para su promulgación. Entre estas mujeres también estaba Acia, esposa de un ilustre caballero romano, acerca de ella —Asclepiades Mendetos, en su tratado sobre «Lo Divino» nos refiere que ella había acudido en esa época a media noche al templo de Apolo para un sacrificio solemne. Dice en su relato, que pronto se deslizó a su lado una serpiente que retiróse poco después... Desde aquél momento quedó en el cuerpo de Acia la imagen de esta serpiente, que era el mismo Dios Apolo. Ella nunca la pudo borrar y por esta razón no quiso mostrarse más en los baños públicos.
Diez meses después de este acontecimiento dió a luz a un hijo, y por esta razón consideraban en Roma, que el recién nacido era hijo de Apolo.
El día en que nació, —62 a. Cr. n.— deliberábase en el Senado acerca de la conjuración de Catilina, y el feliz marido llegó un poco tarde con motivo del parto de su esposa Acia. Es cosa muy conocida, comenta Asclepiades Mendetos que Publio Nigidio, enterado aquí de la causa del retraso y hora del parto, exclamó «Nació el dueño del Universo!». Este hijo de Apolo y de Acia, en el noveno día recibió el nombre de Octavio, quien más adelante como el primer emperador de Roma, tomó el nombre de Augusto.
Cinco dioses rodeaban en la antigua Roma la cuna del recién nacido. Ellos decidían quién debía vivir y quién morir. Quién debía ser esclavo, y quién triste expuesto. Quién plebeyo o Caballero Romano, y quién el electo y dilecto Hijo de Dios, prócer deificado, redentor de su mundo, o Príncipe, embriagado por el humo del incienso le que rodeaba constantemente.
Cinco dioses decidían la suerte humana en la antigua Roma, sin que por eso nadie se sublevase contra la voluntad divina.
Hoy se dice que el hombre de voluntad libre es dueño de su propio destino, destino que nos espera ya en la cuna, porque es un regalo de Dios.

La quaestio romana


En el tormento se averigua el hecho,
en el juicio, el derecho.
M. T. Cícero. Pro Milone.

En la antigua Roma la palabra Quaestio abarcaba dos conceptos, casi idénticos; inseparables uno del otro, indagatoria y tormento. Su uso está legalizado y bien reglamentado. Legalizado, pues según Cicerón «en el tormento se averigua el hecho y en el juicio el derecho!», y en su oración Pro Cluentio sostiene que en el juicio fueron presentadas las actas del interrogatorio que se confeccionaron durante los tormentos: tormentos a los que los griegos dieron carácter sacro-religioso, en cuanto los realizaron en el templo de Vulcano.

S. Agustín, el obispo de Hippona elogia al juez instructor por su bondad, que hace confesar a los delincuentes «non urentibus flammis..., sed virgarum verberibus!». No con fuego, sino sólo con azote.

Reglamentaron también el empleo de los tormentos, pues los magistrados, guiados por sus conceptos humanitarios establecieron que en la indagatoria no hay que comenzar inmediatamente con el tormento, sino se debe emplear este —como Arcadio Carisio dice— en la medida, que lo requieren los temperamentos de una razón moderada. Además, en el tormento, dice el sabio jurisconsulto Ulpiano, «siempre hay que inquirir, pero nunca sugerir!».

La finalidad del empleo de los tormentos en Roma era idéntica a la de la indagatoria: descubrir la verdad. Como Marciano lo dice: «Si no se la puede descubrir de otro modo, entonces sea lícito el empleo del tormento», y Paulo, el jurisconsulto, cita un edicto del emperador, que se publicó durante el consulado de Vibio Avito y Lucio Aproniano en estos términos: «Cuando no se puede explorar e investigar los delitos capitales de otro modo, sino por el tormento, estimo —dice el emperador— que es eficasísimo y creo que se le debe aplicar para investigar la verdad».

*

Sin embargo, los mismos romanos llegaron muy pronto a la conclusión de que el empleo de los tormentos es ilógico, y por ello es también deshonroso.

Ilógico, y al par contraproducente, ya que los torturadores, en vez de obtener la verdad, logran arrancar solamente la mentira, pues los cobardes «prefieren mentir sobre cualquier cosa, inculpando a otros, en vez de sufrir los insoportables tormentos», y según Ulpiano «tampoco se puede prestar crédito a los que confiesan voluntariamente, porque a veces hablan directamente en contra suyo por el miedo o por cualquier otra cosa, mientras los valientes, menospreciando las torturas, supieron callar, o sacrificáronse por otros acusándose a sí mismos, ocultándose así otra vez más la verdad.

Era también injusta la tortura, porque en Roma, para saber la verdad acerca de la delincuencia del señor, atormentaban a sus inocentes esclavos. El tormento con sus consecuencias fatales, más de una vez se convirtió en un suplicio, sin llegar a la condena.

*

En fin, el antiguo romano consideraba también deshonrosa la tortura —en base de la tesis demosténica— según quien, «Uk gar hé plége pareceésen tén hybrin!». No tanto los dolores del tormento sino el deshonor que nace de ellos, es lo que constituye la afrenta.

Por todas estas razones determinó el emperador Augusto, que «en adelante no se debe prestar crédito a las declaraciones que nacieron del tormento, porque es cosa frágil y peligrosa», aun si se acepta la opinión de Tácito según la cual «todo gran ejemplo tiene en sí algo de injusticia, porque la injusta desgracia de pocos pudiera —quizás— servir con seguridad al justo interés público de todos!»

*

Acerca de la cuestión «Tormentos» había siempre discusiones en pro y contra.

El Magistrado Romano, digno representante de la epieikeia ciceroniana, consideraba que: «cólera implacable es la dureza: y, si se deja enternecer, es debilidad; sin embargo, mejor es ser débil, que inflexible — dice acertadamente Ammiano — y por esta razón, no obstante que la injusta desgracia de pocos pudiera servir con seguridad el justo interés público de todos, pareció a los romanos más conveniente «dejar sin castigo al culpable, que hacer sufrir con los tormentos a un posible inocente» Sin embargo, el censor M. P. Catón insistía en que «es menos peligroso acusar a un inocente que absolver a un culpable!». Otros sostenían el lema todavía vigente que «es preferible que dos culpables estén en libertad, a que un inocente sea apresado y castigado para confesar lo que no hizo.»

*

Y, ¿qué se hace en Roma con los que tercamente callan? Ammiano Marcelino nos contesta a esta pregunta. Dice que Numerio, antiguo gobernador Narbonense tenía que responder ante el emperador Juliano por los cargos de malversación de fondos y otros más. Numerio se encerró en su negativa, y además faltaban pruebas evidentes contra él. El fiscal Delfidio, hombre apasionado, viendo desarmada la acusación, no pudo menos que exclamar: «Pero, ilustre César! Si basta con negar, ¿dónde habrá en adelante un culpable?» A lo que contestó Juliano el emperador sin inmutarse: «¡Pero Delfidio! Si basta con acusar, ¿dónde habrá un inocente?»

El romano y la muerte


Epaminondas: «Cuando yo muera llegará
no el fin, sino el comienzo!».
M. Valerius Maximus. III. 2. ext. 5.

Desnudo llegué a esta tierra!
Desnudo volveré a la tierra!
S. August. De civ. Dei. I.

Dice Petronio que la vida es una fragante flor entre dos eternidades: por ello «todos corremos la misma suerte; al que nace, sólo le resta morir. El espacio que nos separa de la muerte puede ser diferente, pero el fin es siempre igual. El tiempo que media entre el primer día y el último es incierto. Si consideras la miseria de la vida, ella es larga hasta para el niño; si contemplas su duración, es corta hasta para el anciano» —afirma Séneca en una epístola. Nacimos para morir! Por ello dijo una madre romana: «Cuando di a luz a mi hijo, ya sabía que un día tendría que morir, y para esto lo crié!» Todos nacemos para eso!

Contemplando la duración de la vida nos inclinamos por la larga, pero tratándose de la muerte, más conveniente es la rápida. C. J. César, en la víspera del día en que murió, estuvo cenando en la casa de M. Lépido, y en la tertulia acerca de la muerte, le preguntaron, según su opinión ¿cuál es la muerte más apetecible?, contestó: «La repentina e inesperada!». Pero ¿se puede llamar repentino lo que durante toda la vida se nos está intimando? —preguntó con cierta ironía Séneca.

La palabra «muerte» era en la antigua Roma de mal augurio. El romano evitaba pronunciarla y más bien la llamaba la sombra. Con esta sombra dialogaba el epigramista Marcial, cuando dijo:

«Si me sigues, huyo, si huyes, te sigo;
tal es mi genio.
No quiero lo que tú quieres!
Lo que tú no quieres, quiero!»

El romano velaba por sus muertos durante un día; era un uso antiquísimo encender los cirios alrededor del féretro, hasta que llegó el Cristianismo que en el Concilio de Elvira prohibió el uso de las luces, argumentando que el muerto que duerme en paz, no debe ser turbado.

Después del velatorio, al otro día «...preparábase ya la hoguera, que como papel iba a arder luego y la esposa desolada echaba myrra y romeros al fuego...Ya arde la pira y se hallan preparados, la fosa, el fúnebre lecho y el embalsamador...». El diestro embalsamador, pues era costumbre en Roma, separar una parte del cuerpo a la manera etrusca, antes de cremarlo en el Campo de Marte. Se separaba una mano o un dedo, se embalsamaba y enterraba aparatosamente con las cenizas.

Este acto era la inhumación. Según Cicerón, en su época se empleaba indistintamente para todas las sepulturas la palabra inhumación, pero antes la aplicaban sólo a aquéllos, sobre quienes se arrojaba un poco de tierra según el derecho pontifical. Era esto el «justum facere», el acto último y justo, es el acto de despedida que hoy hacemos todavía, cuando acompañamos a la última morada al ser a quien hemos perdido.

El lugar, donde se cremaban los cuerpos, no tenía en Roma ninguna santidad: el lugar «religioso» es sólo aquél en que yace el cuerpo y especialmente la cabeza. Está ubicado fuera de la ciudad, pues la Ley de las Doce Tablas estableció que Homimem mortuum in urbe en sepelito, neve urito! Un hombre no sea cremado, ni enterrado en la ciudad.

El lugar, donde yace el cuerpo recibe el nombre de tumba, del griego tymbón. Los romanos manifestaron preferencia por la Vía Flaminia para poner sus tumbas, donde se juntaron grandes cantidades. En Roma se llama cementerio, palabra tomada del griego koimeterion, cuya versión castellana es «dormitorio».

Cubrían los antiguos las sepulturas con flores, símbolo de la vida, especialmente con violetas, rosas, y lirios. Tertuliano reprobó derramar flores sobre la tumba, pero el romano no podía renunciar de esta antiquísima costumbre de recibir flores cuando nacía, cuando se casaba, y cuando se despedía de la vida. Nadie, ni nada pudo quitarle este derecho sin edad, que hace que con flores la vida se despida del muerto, que entra en la eternidad.

Nacimos muchos, amamos entre dos pero a la tumba descendemos solos, y, en Roma se descendía a la tumba muy sencillamente, pues «justo es que la diferencia de la fortuna desaparezca ante la muerte».

El mismo Estado por razones económico-políticas, cuidaba el estricto cumplimiento de esta máxima. La ley «Solón-Romana» prohibía llevar a la tumba oro, y permitía solamente que aquél, cuyos dientes estaban sujetos con puentes de oro fuera sepultado con ese metal precioso. Nadie podía arrojar a la pira más de tres trajes de luto, adornados con lazos y nudos de púrpura. Nadie podía edificar durante la República tumbas, mausoleos, cuya altura excediese al trabajo, que pudiesen realizar cinco hombres en cinco días, ni colocar piedras mas grandes que el espacio necesario para grabar el elogio del muerto en cuatro versos ennianos.

También Roma prohibió que la sepultura tomara partes del campo cultivado, porque la tierra que puede producir frutos y suministrar alimentos para los hombres, es como una madre a sus hijos: no debe recibir ningún daño ni de parte de los vivos, ni de los muertos. Esto parece como si fuera la fiel copia de la Ley de Cecropio, según la cual, cuando la sepultura se cubría con tierra, los parientes más cercanos sembraban semillas en aquella tierra, cuyo seno, como el vientre de una madre, se abría para la muerte, y purificado por aquellas semillas, se devolvía a la vida; dice Cicerón en su tratado sobre las Leyes.

El dolor es más anciano que la humanidad. Existía ya antes que naciera el hombre. Nadie está exento del dolor. La primera manifestación en nuestra vida al venir al mundo es el llanto. Con el llanto pasan los años, y las lágrimas nos acompañan cuando abandonamos esta vida.

Pero el dolor no es causa suficiente para llorar, pues, como Séneca dice: «Es injusto lamentarse, cuando tan poca distancia media entre el que ha muerto, y el que llora. Aquél, que crees perdido, no ha hecho más que marchar delante! No hay que llorar por el que ha partido antes que tú, cuando tú mismo tienes que correr igual camino.

A nadie es tan grato tu dolor como a aquél a quien perdiste: pero él o no lo entiende, o no quiere que te atormentes; en consecuencia, si aquél por quien se vierten las lágrimas no las siente, superfluo será tu llanto, y si las siente, será penoso para el muerto. El antiguo romano estaba convencido de que llorar por alguien bienaventurado es envidia, y por uno que ya no tiene ser, es ilógico.

Pero si caen las lágrimas, permitamos que caigan! —dice Séneca— más no las provoquemos. No debe añadirse nada a la tristeza, ni se la debe aumentar, porque así manda la costumbre.

En Roma se ha visto llorar al sabio, sin que hubiera perdido por ello su autoridad, pero también se vieron mujeres que gemían al estar rodeadas, pero permanecían tranquilas cuando se encontraban solas. Si llegaba alguien, volvían a llorar, se mesaban los cabellos y para fingir el deseo de morir, se arrojaban a la tumba (aun sino sobre la pira!) Triste dolor que duele mientras tiene testigos! Para terminar con el dolor y más de una vez con el teatro, la Ley Decemviral prohibió a las mujeres arañarse las mejillas y lamentarse.

Los antiguos concedían a la mujer un año para llorar. No para que llorasen tanto tiempo, sino por temor de que llorasen más. Séneca recomienda a los inconsolables, que si uno no puede poner fin a las lágrimas, tiene que —por lo menos— reservar algunas.

El antiguo romano cuando estaba de luto, se rapaba las cejas desnudaba su corazón y repartía su dolor, porque «...dividir la pena entre muchos, con el consuelo, hará más pequeño el dolor que anida en el corazón» —nos enseña Séneca.

Sin embargo, consideraba que la mejor manera de participar en el dolor de su prójimo, es, precisamente no molestar al que sufre. Dice Cicerón, que en Roma suprimían toda reunión numerosa de hombres y mujeres a fin de disminuir las lamentaciones, porque la concurrencia de muchos, aumentaba el duelo y el dolor de pocos. Por esta razón prohibió Pítaco, a quienquiera que sea, asistir a los funerales de un extraño.

En la antigua Roma el muerto tenía que ser digno de ser llorado. Los indignos —opinaban los antiguos— ni merecen el recuerdo. Leemos en el Digesto de Marcelo, que no se puede guardar luto por el que se hubiera armado contra su propia patria.

Hay que recordar a los muertos! Algunos sepultan al muerto junto con su memoria. Llorar mucho y olvidar pronto, es como el amor de las aves con sus polluelos. Violento e insensato, mientras los tienen en su alrededor; pero se extingue en seguida, cuando los pierden.

El romano quiere sobrevivir, por lo menos en el recuerdo. Por esta razón construye monumentos —según Florentino— para la posteridad y según otros para la memoria. Pero el gasto de un monumento es inútil —dice Plinio— porque «mi nombre no perecerá si mi vida fue digna de memoria».

En la antigua Roma la gente culta no lloraba a sus muertos, porque estaba convencida que a quien hay que compadecer, no es a los muertos sino a los que viven, porque los vivos un día serán muertos, y son los muertos los que en el recuerdo sobreviven!

Mentalidad helénica


Son inmortales los antiguos de Grecia porque jamás murieron: ellos, en vez de morir, nacieron dos veces: una vez para la vida, y por otra vez para la eternidad.

Algunos entre ellos opinaban, que el hombre muere cuando nace, y renace realmente, cuando muere. Quizás por esta razón anunciaron los antiguos habitantes de algunos pueblos con lágrimas y llanto el comienzo de una vida, mientras con alegría júbilo y banquetes festejaron la muerte de sus más queridos.

Thales, el filósofo quizás opinaba lo mismo, porque según él no había diferencia alguna entre la muerte y vida; y cuando le preguntaron con cierta ironía: «Por qué no mueres tú entonces?» «Porque no hay diferencia!», contestó el sabio despectivamente.

El hombre, que a veces nace sin querer de un querer, aprendió muy temprano que vivir mejor es saber morir mejor, pues nacimos solamente para morir, y esperamos que nuestra muerte será el eterno vivir.

En Atica abundaban los sabios que ofrecían a sus conciudadanos enseñarles a guiarse mejor en el enmarañado laberinto, que se llama la vida. Aristipo reprendía severamente a quienes examinan diariamente sus cuentas, pero nunca sus propias vidas; a otro recomendaba Thales que si quería vivir mejor, no debería hacer lo que reprende en otros.

Eran los griegos amigos de la sapiencia. Consideraban preferible ser pobre antes que ignorante, pues a un mendigo le faltará solamente el dinero, pero un ignorante, aunque fuese rico, anda errando por el mundo, como si fuera ciego.

Sabían ellos que las raíces de las ciencias son amargas, pero sabían también que sus frutos son dulces.

El saber en la prosperidad sirve de adorno, pero en la adversidad nos brinda un refugio seguro. El prudente precave la adversidad, y sólo el sabio es el fuerte, que sabe tolerarla, cuando ya ha venido.

Para el griego de Hélade, el gobierno ideal era aquel en el cual todo el pueblo vota, pocos deliberan, y una sola persona manda, pues, según ellos no puede ser bien gobernada una república, cuando son muchos los que mandan.

El senado griego, la Gerusia y Boulé, era la reunión de los ancianos más sabios y honestos. En Esparta ocurrió una vez que un corrupto hizo un proyecto muy provechoso para el pueblo. El senado deliberó y después resolvió que si bien el proyecto era útil, sin embargo, su autor era indigno de proponerlo ante tan honorable Consejo. Decidieron entonces, que el plan, que en sí era bueno, fuese leído en voz alta por un viejo muy respetado, que por su vida honesta era digno de proponer el proyecto de otro.

En Grecia había mucha corrupción. Isócrates aconsejaba a un gobernador: «Sal de los cargos públicos más honrado que rico: porque preferible es una pobreza en la salida, que una riqueza inicuamente adquirida. Mejor es que Aristipo pierda su dinero, a que el dinero haga perder a Aristipo.

Para el gobierno deseaban funcionarios, magistrados honestos y preparados. Antístenes aconsejaba a los atenienses, que hicieran un decreto por el cual los burros en adelante sean considerados como caballos. Cuando estos indignados lo rechazaron como cosa imposible, Antístenes les contestó con ironía: «No lo creo pues entre vosotros también nombran funcionarios con cabeza vacía, y lo único que tienen es el nombramiento».

Tenían los griegos pocas leyes, ya que como Carilao dijo «Los que gastan pocas palabras, no necesitarán muchas leyes». Condenaban no sólo a los que delinquieron, sino también a los que estaban por delinquir. Con ejemplar rigor dieron a los calumniadores el mismo castigo, que hubieran dado al calumniado si hubiera delinquido.

En Grecia el destierro era peor que la muerte, y creemos que en cierta manera honraron a Sócrates, cuando lo condenaron a tomar la cicuta. No me atrevería a decir que los jueces condenaron injustamente, pues, me pudiera contestar el inmortal sabio quizás de la misma manera, como le respondió a su mujer Xantipa cuando ésta lloriqueaba diciendo: «Sócrates! Sócrates! Te condenaron injusta- mente!» A lo que Sócrates contestó diciendo: «Pero oye Xantipa! ¿Quisieras acaso que mi muerte fuese justa?» A propósito de Xantipa! El antiguo griego prefería quedar célibe, si recordaba los argumentos de Bías que decían: «Si la mujer con quien te casas es hermosa, prepárate a compartirla con otro y, si es fea, ten la seguridad que te casarás con una furia.»

Sócrates optó por esto último y se casó con Xantipa que tenía un carácter efectivamente muy quisquilloso. Día y noche mortificaba a su marido.

Indignado Alcibiades por estas violencias de la mujer de su amigo, preguntó a Sócrates por qué razón no expulsa de su casa a esta mujer de tan pésimo carácter? Sócrates respondió: «Mira Alcibiades! Soportando estos arrebatos en mi hogar me acostumbro a sobrellevar también la deslealtad de mis amigos fuera de mi casa».

Sin embargo, para ser justo con la antigua mujer, es necesario observar, que en Grecia no todas eran Elenas y Xantipas, sino que había Iphigenias también, que preferían un hombre sin dinero, que dinero sin hombría.

Roma tenía su Foro, Atenas su Ágora. Lugar sagrado, que lamentablemente fue destinado para engaños mutuos y fraudes. Los abogados del Ágora, peroraban por lo justo, pero no siempre, pues según un gran observador de la época «...como las enfermedades hinchan la bolsa de los médicos, así la peste de los litigios enriqueció —también en Grecia— a los abogados».

En este ambiente viciado ni los jueces podían sentirse cómodos. Por ello —quizás— decía un Juez del gran Pritaneo: «Más quiero ser juez entre dos enemigos míos, que entre dos amigos míos! Pues, siendo juez entre mis enemigos, uno será mi amigo! Pero, si juzgo entre mis amigos, uno con seguridad será mi enemigo!

El antiguo griego, si bien es cierto que tenía siempre muy poco dinero, era sin embargo rico, porque tenía el suelo consagrado por las cenizas de sus padres, por eso se llamaba Patria.

Su alma que a veces era casta como el sol, cuyos rayos penetran en la oscuridad, entre cosas inmundas, sin embargo no se manchan.

Tenía el griego el dulce sueño del hombre despierto, la Esperanza, también la Fe en una multitud de dioses alexicacos, los cuales —según lo afirmado por el gran cartaginés— desde luego no eran mejores que sus pontífices.

Eran los griegos creyentes utilitarios, y no abundaban entre ellos los teólogos. La mayoría de ellos vivía sólo para el presente, y pensaba lo mismo que Simonides.

Dícese, que en Magna Grecia, cuando el tirano Hieron preguntó a este filósofo, qué cosa será Dios, Zeus, Júpiter, éste le pidió un día para deliberar.

Hieron preguntó lo mismo al día siguiente, pero Simonides esta vez pidió dos días para meditar; y, como siempre duplicaba el número de días para contestar, Hieron, perdiendo la paciencia, preguntó la causa de su rara conducta. Simonides sólo se limitó a decir: «Señor. Cuánto más lo considero, tanto más oscuro me parece!»

La fiesta de Angerona


Quidquid quaeritur, optimum videtur!
Lo mejor no es lo que tenemos, sino
lo que buscamos.
L. A. Séneca. epist. moral.

Siete días duraban en la antigua Roma las Fiestas Saturnales: con bulliciosa alegría festejaban sus antiguos habitantes la Igualdad Saturniana y la navidad del Calordario Sol Mitra entre los días 17 al 25 de diciembre.

En estos días los ricos «obsequiaban» a los pobres, los patricios a los plebeyos, y los patrones a sus clientes y esclavos. Servidos estos en la mesa de su señor y por éste mismo. Todo ello en religiosa conmemoración de la antigua igualdad en la edad de oro, durante el feliz reinado de Saturno.

Durante ese período la lengua era suelta y el corazón abierto. El esclavo podía decir impúnemente todo cuanto se le antojaba y el señor tenía que escuchar con cara risueña aun si la crítica sincera no le agradase. El plebeyo no ofendía a su anfitrión patricio, al decirle que las leyes que hacían ellos, son como las telarañas; pues enredan lo leve y débil, pero el poderoso las rompe y escapa.

Siete días de alegría sincera con corazones y lenguas emancipados: siete días de revelaciones espontáneas con un octavo día de arrepentimiento y meditaciones. En este octavo día, fiesta de Angerona, Día de Silencio, el romano tenía la costumbre de hacer reuniones con sus amigos, y en base de las críticas recibidas, lograba la cosa más difícil: conocerse a sí mismo.

Hace dos mil años que Gayo Sempronio Atilio, procónsul de Bythinia se reunió en su casa quinta con su amigo y consejero íntimo, el escultor C. Cecilio Tuditano. Sentados ambos bajo la blanquecina luz del plenilunio en la plazoleta de los cipreses escucharon la orquesta de las cigarras, y la voz de sus propias almas.

Sempronio interrumpió el silencio. Lelio, dime! Según tu parecer, cómo pudiéramos ser mejores y también vivir mejor?

Vivir mejor Sempronio —contestó Cecilio— es saber morir mejor, pues nacimos para morir y morimos para nacer. La vida Sempronio, tiene su tetrálogo. Si quieres vivir bien, tienes que vivir como los megarenses, saber soportar las cosas como los estoicos, andar bien con tus prójimos, y tener solamente tres amigas.

Los megarenses viven mejor que cualquier otro, porque intentan no cometer las faltas que reprenden en los demás, no padecen el mal, al no poder sufrir ningún mal. Cenan, como si hubiesen de morir mañana, pero trabajan como si nunca hubieran de morir. Lo que importa para ellos, no es vivir mucho, sino vivir bien, pues con frecuencia consiste el vivir bien, en vivir poco.

El segundo precepto es saber soportar la pobreza y la riqueza. Amigo Sempronio, la pobreza no se mide ni en calidad, ni en cantidad. Cuando un navío se hunde por el peso de su oro, las livianas y baratas maderas son las que sirven de apoyo a los náufragos: además creo firmemente, que no es pobre el que tiene poco sino el que desea más de lo que tiene. Pero nosotros seremos siempre pobres Sempronio, porque pensamos que lo mejor no es lo que tenemos, sino lo que buscamos.

En lo referente a la riqueza, a mi parecer es tan perjudicial tener mucho dinero como no tener nada. Se puede despreciar todo, pero no se puede tener todo: por ello, el camino más corto para poseer más riquezas es precisamente despreciarlas. Yo opino Sempronio que es preferible perder el dinero, a que el dinero te pierda a tí, pues si no posees bien tu riqueza, ella te poseerá pronto a Ti.

Para soportar bien la riqueza, hay que tener lo necesario y lo suficiente y saber usar los platos de barro con la misma sencillez, que los de plata ; y a los de oro no apreciarlos más, que a los de barro.

El tercer mandamiento del buen vivir es llevarte bien con tus prójimos. No olvides, Sempronio que necesario es que vivas para otro, si quieres vivir para ti. Vivimos pues en una sociedad, semejante a una bóveda, cuyas piedras, apoyándose unas sobre otras, aseguran su solidez.

Nunca debes seguir el lema de los pobres ricos: «Assem habeas, assem valeas!». Vales tanto, cuanto tienes! Este sólo sembrará en tí la ambición, el lujo y el orgullo, que servirán sólo para el teatro, y te llevarán a la falsa altura que se asombra a sí mismo. Tu mote Sempronio sea siempre: Bis dat qui cito dat, et do ut des! Da si quieres que te dén, y tienes que dar en el momento necesario, pues un sestercio, dado en determinado momento, produce un mayor bien, que todo el dinero que se hubiese dado a manos llenas, pero con demora. En cuanto a la cantidad, recuérdalo Sempronio! Si prestas una suma pequeña, tendrás un deudor! Si prestas una suma grande, tendrás un enemigo!.

Ten confianza en tus prójimos, pero con medida, porque tan vicioso es confiar en todos, como no confiar en ninguno.

Ten confianza, Sempronio! Pero sin el vicio de exigir la castidad a tu esposa, y al mismo tiempo corromper la ajena.

Nunca mires con ojos enfermos de pasión la felicidad ajena como también debes entender que cuanto más alto esté tu mérito Sempronio, tanto mejor blanco será para la envidia y cosa común es tacharte de faltas e imperfecciones en la imposibilidad de encontrártelas.

Ten paz con tus prójimos Sempronio! Recuerda que con frecuencia nos divertimos con los espectáculos matinales en la arena, al ver la lucha de leones y toros encadenados juntos.

Desgárranse mutuamente, y allí está el carnifex, esperando el momento en que debe rematarlos. Lo mismo hacemos nosotros! Atormentamos al que comparte nuestra cadena!...

Tenemos que tener la paz con nuestros prójimos Sempronio!

Al fin, el último precepto del tetrálogo del buen vivir es no tener más que tres amigas!

La primera es la Prudencia. Es el muro más fuerte, pues no puede ser demolido, ni entregado. Con ella sabemos prever las adversidades antes que vengan, y tolerarlas con provecho, cuando ya han venido.

La segunda amiga, es la que nos han dado los Dioses inmortales, para ser nuestra compañera inseparable: se llama Conciencia. Si es buena, no le teme al público, pero, si es mala, se encontrará turbada y recelosa hasta en la soledad, pues si tus acciones son torpes, qué importa que nadie las sepa, si tu las conoces. Pobre de tí, si desprecias tal testigo pues el castigo de tu delito, lo hallarás en el mismo delito.

Ni un momento estarás solo Amigo Sempronio! La conciencia se hallará siempre contigo, y tu soledad será como la de Catón, que nunca estaba más activo que cuando —al parecer— no hacía nada, y jamás se encontraba menos solo que en la soledad.

Al fin, nuestra tercera amiga, Sempronio, es la Esperanza. Puede ser, que sea el sueño de un hombre despierto, pero necesarios son los sueños, para poder luego despertar!...

Así habló C. Cecilio Tuditano, el escultor con su amigo Cayo Sempronio Atilio, procónsul de Bythinia. Sus palabras, acompañadas por la orquesta de las cigarras, quedaron selladas con el Silencio Soloniano, y el Silencio Euripídico de Angerona con el infinito tiempo...

La libertad en la Antigua Roma


Hay algo más precioso que la libertad?
C. C. Plinius. Epist. VIII. 24.

Conviene, pues, buscar la libertad!
L. A. Séneca; de vita beata. V.

La palabra, Libertad en la antigua Roma fue escrita siempre con mayúscula, y para expresar su inmenso valor era costumbre, a la manera sumérico-etrusca, repetirla varias veces al mencionarla, como en el himno nacional argentino.

La libertad en Roma tenía supremo valor y los jurisconsultos sostenían que es un bien tan precioso que toda estimación que de ella se haga será insuficiente. Para Gayo es lo más favorable que cualquier otra cosa para la vida en sociedad, y todos los romanos la consideraban como el más dulce de los bienes.

La libertad nace siempre donde no la tienen, y brota y florece en la célula primitiva del Estado Romano: en la familia. Si no hay libertad en ella no lo habrá tampoco en la Patria: por esto dice Séneca: «Por qué te quejas de que la libertad está desterrada de la República, cuando tú mismo la has desterrado de tu propia casa?».

Entre las diferentes clases de libertad en Roma, tenía prioridad la de la Patria. Según Livio el suelo natal es el foco de la pura vida y todo el que se traslada a otra tierra, se transforma y degenera, porque está privado de la libertad de su patria; por esto el imperativo ciceroniano advierte a los Quirites romanos, que la libertad de la Patria debe de ser preferida a la vida, pues, ésta garantiza la libertad individual de los particulares, y, si estos carecieran de aquella, ¿qué valor tendría la vida?

Por ello, lo importante para un romano era ser libre, pero sin caer en libertinaje, pues, en Roma ser libre era lo mismo que ser obediente; y, ser obediente era un oficio oneroso que a su vez era también honroso. Consideraron que el ciudadano era libre precisamente cuando por su propia voluntad obedecía.

La libertad no depende del lugar, sino de la voluntad del hombre. Sócrates estaba libre hasta en la cárcel de los atenienses, porque por su propia voluntad se encontraba allí, y nosotros conocemos muchos pseudo libres que son presos ambulantes, encarcelados por sí mismos.

En una epístola dirigida a César, escribe Crysipo Sallustio que todos, buenos y malos, valientes y cobardes aman por igual la libertad, pero —lamentablemente— la mayor parte de los hombres, en su ceguera la abandonan por miedo, y se someten por flojedad al yugo que tan sólo se impone a los vencidos. Por ello, hay que mantener la libertad, pero conservarla, es luchar por la libertad, y a este certamen nadie puede sustraerse, pues, como Cicerón dice a Herenio, «cuando la nave se pierde, se salvan muchos, pero en el naufragio de la Patria nadie sobrenada!»

En la legislación de Solón, había una disposición singular que establecía, que fuese tachado de infamia aquel que en una lucha por la libertad no hubiera estado en ninguno de los dos partidos. Plutarco afirma que con esto quería Solón, que nadie fuese indiferente o insensible a las cosas públicas, poniendo a resguardo las suyas propias y esperando tranquilamente, hasta ver quien vencía y plegarse luego.

La lucha por la libertad en la antigua Roma es la lucha por el triunfo, pero como Publilio dice nunca se triunfa del peligro sin peligro, por ello insiste Cicerón. «Un buen ciudadano no evitará los peligros en la defensa de su Patria, pues, no queriendo morir por la Patria, morirá sin gloria alguna con la Patria!»

En Roma vendían en el mercado de esclavos a todos los cobardes e insensibles que con pretextos prefabricados se sustrajeron al servicio militar, porque consideraban que cuando el Pueblo vendía como esclavo a un ciudadano que quiso eludirlo, no se podía decir que le quitaron la libertad, sino que el mismo Pueblo, juzgaba que no es libre el que rehusa exponerse al peligro para defender la libertad de su Patria. Ni Catón vivió, muriendo la libertad, ni hubo más libertad, cuando murió Catón.

*

El hombre antiguo luchó por la libertad de su patria de muchas maneras.

Dicen que Epicarmio dio por la libertad su silencio pues se partió la lengua con los dientes y la escupió en la cara de su atormentador.

Otro la usó hablando, porque sorprendido aquel tiranicida antes de haber consumado su obra, y atormentado por Hippias para que delatase a sus cómplices, nombró a los amigos del tirano que estaban en derredor suyo. El tirano los mandó a la muerte, uno por uno, y preguntándole si quedaba alguno más por nombrar, «A tí sólo —contestó el atormentado— porque no he dejado a nadie que te quiera»!

El romano no vacila en luchar por la libertad de su Patria y como Cicerón dice: «Prefiero morir por muchos, a morir con muchos!». Son estos los que viven después de la muerte, porque llegan a la inmortalidad por medio de la muerte, mientras que los indiferentes están ya muertos antes de morir, sostiene Séneca en sus epístolas.

*

Ennio piensa que la verdadera libertad consiste en tener corazón puro y voluntad inflexible: fuera de lo cual solamente hay para el hombre esclavitud y tinieblas, por ello, quizás nos dice Séneca: «En Roma, no se puede comprar la libertad, porque los que la venden, no la tienen y menos todavía los que la compran!».