sábado, 21 de junio de 2008

Ave romana — Khaire griega — Hygieia pitagorica

Al menos escribe lo que tus antepasados
acostumbraban a poner a la cabeza de sus cartas:
Espero que te encuentres bien...»
C. C. Plinius. Epist. I. 11.
...los ladrones, que los egipcios llaman philétas, nos
abrazan, pero para ahogarnos...
L. A. Séneca. epist. 51.
Los que no respetan a los hombres engañan a los dioses...
Curtius: Vit. Alex.
Lectoribus salutem!
Hasta seis siglos antes del nacimiento de Cristo, cuando dos amigos se encontraban en la calle, en Roma cambiaban entre sí un breve AVE y en Grecia decían «Khaire!», lo que significa un simple «Adiós».
La palabra «Salud» como saludo nació en la ciudad ítalo—griega de Crotona donde floreció la escuela del inmortal maestro, Pythagoras.
Él recomendaba a sus discípulos que al encontrarse en cada oportunidad, en vez de cambiarse un Ave o Khaire, debían pronunciar la palabra «Hygieia», es decir Salud!, porque es el máximo bien que un hombre puede desear a su semejante.
De esa manera nació la palabra saludo, cuyo símbolo entre los pitagóricos era el triple triángulo enlazado, es decir la estrella de cinco puntas, figura que llamaban también «Ochavos morunos». Era esta figura la imagen de la salud, que al par servía también como saludo, a la cabeza de las cartas que escribían a sus correligionarios.
El saludo pitagórico se propagó por toda Italia —pues como Cicerón sostiene— nadie podía cerrar sus oídos a la sabia enseñanza de Pythagoras. Desde este tiempo los romanos comenzaron a acostumbrarse a emplear —a la tarde— la palabra «Salve» y en la noche decían «Vale», ambos imperativos, que deseaban al prójimo precisamente la buena salud. Saludo, que deseaba salud.
Poco valor tiene la palabra, si el corazón no la siente; por ello el hombre antiguo al saludar quería también demostrar su buena voluntad y el sincero respeto que sentía para con el prójimo. Para cumplir con este fin, completaba su saludo con gestos simbólicos, entre los cuales estaba muy en boga, estrecharse las manos.
No sólo el ardiente sol itálico obligaba al hombre antiguo a cubrirse con el pilleus, sino también la ceremoniosa religión romana, que a la manera pitagórica le recomendaba cubrirse con el «cucullus», con la capucha, para olvidar durante los sacrificios solemnes el mundo externo, y ocuparse solamente de los dioses y de su propia alma.
El romano se presentaba con la cabeza descubierta ante el altar del Honor y de Saturno, porque ante el Dios del Honor, de la Verdad y del Tiempo, nada ni nadie podía quedar oculto y cubierto; por ello, en Roma al saludar al prójimo, además de estrecharse las manos, descubríanse también la cabeza, quitándose el pilleus, o sombrero, o cuculla, como demostración del respeto que sentían por el honor del otro.
*
El saludo en la antigua Roma no era siempre mutuo y menos simultáneo. El patrono a la mañana recibía los saludos de sus clientes, que más parecía reconocimiento cotidiano de la sumisión, que un saludo cordial entre hombres iguales; y esta costumbre, como todos los vicios, sobrevivió las injurias de los siglos, porque en el orden de los saludos todavía existe el falso concepto de que el que saluda primero reconoce la superioridad de la persona saludada, olvidando la sentencia de Apiarius, según la cual sólo el trigo inmaduro tiene la cabeza erguida y el que verdaderamente se siente inferior espera con el prepotente ademán del patrono romano, el saludo del otro.
*
Los griegos al saludarse, tenían la rara costumbre de tocar suavemente la barbilla del otro quizás para comprobar si el saludo venía de un corazón sincero, o nacía sólo de los labios, y por ello era falso. Sólo los dioses saben, y ellos lo saben con seguridad, quiénes saludan de corazón, y quiénes solamente con la boca, murmurando algo muy de mala gana entre los labios.
***
Bibliografía: Luciano; opera.
C. C. Plinius; epist.
M. T. Cícero; Cuest. tusc.
Z. M.; Pythagoras.
Plutarchos; Moralia.

Y así habló Apiarius


Yo no he nacido para un rincón,
Mi patria es el mundo entero...
L. A. Séneca. Epist. 28.

Creo que fue en el mismo mes de setiembre, cuando murió nuestro emperador Tito, y yo estaba por ir a Ostia, quería pues embarcarme en un barco grande que tocaba en su itinerario el puerto de Rhodas, ciudad donde tenía que estudiar filosofía y retórica.

Lo cierto es que perdí mi barco, y ni siquiera salí de Roma, porque al cruzar el foro Boario, tropecé con un tumulto, que escuchaba ávidamente las palabras de un filósofo griego, a quien conocían en mi barrio con el apodo de Lucifer, que en nuestro latín significa «el hombre que trae la luz». Le dieron ese apodo, porque era muy lúcido, además él mismo también se llamaba «Fósforos», una versión griega de la palabra «Lucifer».

Me detuve un momento curioso, y confieso que quedé atrapado por las convincentes palabras de este barbudo sabio, olvidando completamente mi viaje a Ostia, el barco, Rhodas y los estudios.

Ese hombre habló acerca de todo; trataba de dioses, hombres, amigos y hasta de política; algunas de sus palabras —que penetraron hasta el fondo de mi alma— todavía las recuerdo, como si hubieran sido pronunciadas hoy.

Nos habló en esa oportunidad de Zeus y Juno, y sostenía que el temor en el mundo era el origen de los dioses, y para demostrar su tesis, preguntaba: «Si existen los dioses, ¿de dónde vienen los males?, y si no existen, ¿de dónde vendrán entonces los bienes?», al observar sin embargo, que entre los oyentes había un sacerdote, que lo escuchaba atentamente, agregó —como disculpándose— que: «Para el hombre conocer a Dios, es lo mismo que conocer en cierta manera nuestro origen, con la diferencia, de que los dioses nacen, y los hombres se hacen inmortales.

*

Dijo también que todos sirven a otros para ser servidos; precisamente por ello, nos recomendaba favorecer sólo a dos clases de hombres: a los amigos y a los enemigos: a los primeros, para que no sean enemigos y a estos últimos para que se transformen en verdaderos amigos.

*

Sus conceptos acerca de la política griega me agradaron mucho, pues dijo que la Patria está ante todo, pero que también un sólo hombre es el Sagrado Pueblo mismo. Insistía en que es necesario el régimen democrático para que los hombres tuviesen un refugio y los ricos un freno.

De esta manera, el Estado nunca perderá su equilibrio, siempre que sus conductores sean lo suficientemente sensatos y sincréticos. Agregaba todavía que, de las muchas pequeñas injusticias puede brotar la Equidad, y me daba gracia su acertado ejemplo cuando citó las palabras de Themístokles: «Amigos! A veces también hay que aceptar perder, porque de lo contrario, no podríamos salvarnos!»

*

Recuerdo que las palabras de este griego me cautivaron, y me dejaron tan pensativo, que en ese mismo día, como un nuevo Demóstenes, renuncié a estudiar a Platón, y me hice discípulo suyo.

No escribía mucho, pero nos dijo que si no está en nuestras manos el vivir, por lo menos tenemos que dejar obras, que nos permitan con nuestro nombre sobrevivir.

Este sabio consideraba deshonroso decir una cosa, y sentir otra, y más aun, pensar en una forma y escribir de otra manera, por ello, su sinceridad sufrió más de una vez inmerecido castigo. Él me dijo que en Persia lo castigaron por sus ideas con una pena ridícula, pues tenía que entregar su toga, a la que aplicaron luego 25 azotes y a Roma, llegó directamente desde Macedonia, donde pregonaba que mejor es ser poderoso que amigo del que ostenta el poder. Lo expulsaron pero no a él, sino a su amigo. A él sólo le recomendaron que debía seguir al otro...

*

Yo, C. Apiarius Marcallinus, escriba del Municipio de Aquincum en Pannonia, con los signos amanuenses anoté lecciones de mi maestro y las recopilaciones las envié con mi liberto Hermes al librerista Lucilio en Roma, para que las tenga y aproveche la sempiterna posteridad.

*

Mitra, y Amón Júpiter sean con nosotros!


Prefatio

Como una antigua letanía romana, desde mi cátedra, con insistencia catoniana repetía diariamente, que el presente sólo nos puede brindar un mejor futuro, si aprendemos el arte de recoger los frutos del milenario pretérito.
Cuando era niño, vivía en la capital de Hungría, en un barrio que lindaba con una antigua ciudad romana, llamada Aquincum. Ahí he vivido durante muchos años. Aprendí de memoria las inscripciones, era frecuente huésped de las ruinas y columnas, y me hice muy amigo de un escriba, que vivía allí desde siglos y siglos, en un sarcófago; llamábase Apiarius...
*
Todo esto me reveló un maravilloso mundo porque allí me hablaron los muros, las estelas milenarias, Apiarius el escriba; y hasta el suave susurro de las olivas hacían correr el velo, que cubría celosamente los secretos del tiempo infinito.
Ese escriba me dijo que el hombre que nace de un querer sin querer, tres veces tiene como compañera a la Muerte. Primero, antes de nacer; por segunda vez, cuando deja de latir el corazón y por tercera vez cuando el muerto ya no tiene a nadie que pudiera recordarlo.
Por ello, fiel a la exhortación pliniana, que nos recomienda escribir cosas dignas de ser leídas, he recopilado todo lo que esos viejos muros y Apiarius comentaban acerca de un mundo pasado...
Al escuchar sus interesantes relatos me asombraba la luz de tan profunda cultura, y a veces, me encandilaban sombras..., sin embargo, perdonando los pecados del presente, anotamos esas sombras también, porque cuando la posteridad pretende cubrir con el velo los vicios del pretérito, demuestra que el presente tampoco es mejor de lo que fue el pasado.
Al presentar ahora algunos de los memorables hechos y dichos de esos inolvidables antiguos, creo ofrecer a su memoria un piadoso recuerdo, para vencer esa Tercera Muerte, que es enemiga de la Inmortalidad.
En las páginas que siguen, Apiarius Marcallinus, el Escriba de Aquincum tiene la palabra con los lectores...
Kal, Ann. D. MCMLXXIII. — IV. Non. Febr.

EL MUNDO DE LO CLÁSICO (Kornell Zoltan Mehesz) Prefatio

Prefatio

Como una antigua letanía romana, desde mi cátedra, con insistencia catoniana repetía diariamente, que el presente sólo nos puede brindar un mejor futuro, si aprendemos el arte de recoger los frutos del milenario pretérito.
Cuando era niño, vivía en la capital de Hungría, en un barrio que lindaba con una antigua ciudad romana, llamada Aquincum. Ahí he vivido durante muchos años. Aprendí de memoria las inscripciones, era frecuente huésped de las ruinas y columnas, y me hice muy amigo de un escriba, que vivía allí desde siglos y siglos, en un sarcófago; llamábase Apiarius...
*
Todo esto me reveló un maravilloso mundo porque allí me hablaron los muros, las estelas milenarias, Apiarius el escriba; y hasta el suave susurro de las olivas hacían correr el velo, que cubría celosamente los secretos del tiempo infinito.
Ese escriba me dijo que el hombre que nace de un querer sin querer, tres veces tiene como compañera a la Muerte. Primero, antes de nacer; por segunda vez, cuando deja de latir el corazón y por tercera vez cuando el muerto ya no tiene a nadie que pudiera recordarlo.
Por ello, fiel a la exhortación pliniana, que nos recomienda escribir cosas dignas de ser leídas, he recopilado todo lo que esos viejos muros y Apiarius comentaban acerca de un mundo pasado...
Al escuchar sus interesantes relatos me asombraba la luz de tan profunda cultura, y a veces, me encandilaban sombras..., sin embargo, perdonando los pecados del presente, anotamos esas sombras también, porque cuando la posteridad pretende cubrir con el velo los vicios del pretérito, demuestra que el presente tampoco es mejor de lo que fue el pasado.
Al presentar ahora algunos de los memorables hechos y dichos de esos inolvidables antiguos, creo ofrecer a su memoria un piadoso recuerdo, para vencer esa Tercera Muerte, que es enemiga de la Inmortalidad.
En las páginas que siguen, Apiarius Marcallinus, el Escriba de Aquincum tiene la palabra con los lectores...
Kal, Ann. D. MCMLXXIII. — IV. Non. Febr.

EL MUNDO DE LO CLÁSICO (Kornell Zoltan Mehesz) EL ANTIGUO ROMANO Y LA INJURIA

EL ANTIGUO ROMANO Y LA INJURIA

«Lo que de él se dice, no puede decirse! y
lo que puede decirse, no se dice!»
M. T. Cícero. Rhet. a C. Her.

Los antiguos romanos llamaron injuria a todo acto que carecía de derecho. Especialmente consideraron tal a la contumelia, palabra que deriva del verbo latino «contemnere», es decir despreciar, porque injuria es despreciar al otro.

El antiguo romano, demasiado humano, sin embargo inventó numerosas clases de desprecios: numerosos medios para ofender y gozar ante el dolor de otro como si éste fuera un lejano y no un prójimo nuestro.

Séneca considera que son injuriosos los que nos ofenden por causas y medios distintos.

¡El orgulloso te ofende con sus desprecios!

El rico con su altanería,

El impertinente con su torpe vocería

El envidioso con su malignidad

El contradicente con su mote: ¡Hazme la contra

para que seamos dos!

El vanidoso te ofende con sus mentiras

El impúdico con sus ofertas necias

El cínico con su agria ironía

El difamante con su cobardía

El intruso te ofende en tu casa y

El iracundo con su provocación constante.

A veces te ofende el amigo cuando alquila para tí un peligroso enemigo. Para matar a Julio César, concurrieron menos enemigos que amigos, cuyas insaciables esperanzas no había satisfecho.

En la antigua Roma habían orgullosos, que nadaban en el dinero, y despreciaban a todos los que estaban ahogados por la miseria. Lo único que sabían apreciar era el Denario, y todo lo demás era despreciado, e injuriado. De lejos reconocían el oro, pero desconocían a sus pobres prójimos. Eran estos los miopes de los antiguos, miopes sin alma, y sin anteojos... El orgullo les quitó la buena vista, para ellos era suficiente si el denario, y el sestercio les dió el «visto bueno».

No faltaban desde luego los groseros. Crysippo vió llorar en el Senado a Fido Cornelio, yerno de Ovidio, porque Corvulo le llamó «!Avestruz pelado!», y a Léntulo le ofendió Démonax diciendo: ¡Qué linda es tu toga Léntulo! Toga de fina lana de un cornudo carnero!». Marcelo elogió a Tullio: «¡Tú eres como el gran pretor Verres!». La comparación era la peor injuria, pues nadie ignoraba que Verres era ladrón y la vergüenza de la República. Este mismo Verres vociferaba contra su acusador: «¿Porqué ladras tanto contra mí, Cicerón?», y éste le contestó en el acto: «¡Porque veo un ladrón!». Todavía no sabemos si Dolabella quiso ofender o no al Atico, cuando le dijo: «¡Verres en comparación contigo es un noble caballero romano!».

*

Contra el galán que se atrevía a molestar a las mujeres desconocidas, estableció el Digesto, que cortejar es atentar con dulces palabras contra la honestidad de la mujer, y también es un atentado contra las buenas costumbres seguir a alguien en la calle «pues sigue el que tácitamente lo hace con frecuencia, y la asidua frecuencia atribuye una cierta infamia. Injurias fueron estos actos, injurias de los impúdicos, contra los cuales procedió el pretor en virtud de su edicto.

*

Dice Séneca, que también hay alguien que a menudo nos injuria; y es nuestro propio yo! Nuestra alma mimosa, y demasiado curiosa.

El color rojo excita al toro, la serpiente áspid se yergue delante de una sombra y, un lienzo blanco alarma a los osos y leones. Lo mismo acontece con nuestro espíritu inquieto.

No hay que alarmarse por sospechas de las cosas..., nos sentimos injuriados por nada, porque somos curiosos. El que averigua todo cuanto se dice de él; el que quiere desterrar las palabras malévolas, ése se persigue a sí mismo.

*

Lo concerniente a los efectos de la injuria, y la manera cómo los antiguos las consideraron y soportaron, es notable y cabe recordarlo aquí: Examinaban el carácter y la intención del injuriante y luego lo diferenciaban y calificaban como injuriante real o virtual. Empleaban para tal fin el «cuestionario» de Séneca:

¿Es un niño? Entonces se perdona la edad, pues ignora si hace daño.

¿Es un padre? O nos ha hecho bastante bien, para adquirir el derecho a una ofensa, o tal vez es un favor más el que tomamos por injuria.

¿Es por mandato? ¿Quién podría sin injusticia irritarse contra la necesidad?

¿Es por represalia? No se te injuria si sufres lo que tú has hecho sufrir antes.

¿Es un juez? Respeta más su sensibilidad que la tuya.

¿Es un rey? Si te declara culpable, cede a la justicia: si inocente, cede a la fortuna.

¿Es un animal? Te haces semejante a él irritándote.

¿Es un Dios, quien te ofendió? Pierdes el tiempo irritándote contra él, lo mismo que al invocar su cólera contra otro.

La mentalidad estoica romana consideraba que la mejor y más acertada manera de soportar las injurias es precisamente no devolverlas.

Si es un varón justo, el que te ha injuriado; no lo creas!. ¿Y si es malvado? No te asombres! No hay que devolver la injuria, pues otro le castigará por lo que te ha hecho y ya lo está por la falta misma que ha cometido contra tí.

Un hombre golpeó por error en los baños públicos a Marco Catón, a quien no conocía. Cuando lo reconoció, excusóse en seguida, pero Catón le contestó: «No recuerdo haber recibido esos golpes!» Consideraba mejor olvidar la injuria que castigarla... y aquel hombre aprendió a conocer a Catón.

Propiedad de grandes almas es despreciar las injurias y olvidar la venganza pues: la venganza más humillante para el agresor es no parecer digno de provocarla. Además ocurre que muchos al pedir reparación por injurias pequeñas, no han hecho más que agravarlas. Dice Séneca que grande es aquél que imitando a las fieras nobles, oye sin conmoverse los impotentes ladridos de perros rabiosos.

La mejor venganza es quitar al que quiso hacer la injuria, el deleite de ella, porque el fruto de la injuria consiste en que se sienta y en la indignación del ofendido. Si demostramos que nos causa enojo, nos confesamos alcanzados por ella y confesarla es además admitir que nos han herido: por ello especialmente las injurias de los poderosos deben soportarse no solamente con paciencia, sino también con risueño rostro, porque humillarán de nuevo, si se persuaden de que han humillado. Los precautos romanos tenían siempre en consideración la alternativa según la cual el que te ofende o es más fuerte, o es más débil que tú! Si es más débil, perdónalo! Si es más fuerte, perdónalo!. Si es un amigo, quien nos ofende, quizás ha hecho lo que no quería: pero si es un enemigo, hizo lo que debía. Cedamos al prudente y perdonemos al insensato —nos recomienda el estoico Séneca—.

Así hizo Pisístrates, tirano de Atenas. Un comensal suyo, dominado por la embriaguez prorrumpió en denuestos contra su crueldad. No faltaban los aduladores que excitaban al tirano a la venganza, contestó a los provocadores: «No estoy ahora más conmovido, que si alguien hubiese tropezado conmigo con los ojos vendados».

Si un tirano pudo ser sensato y noble, si un César, dominado por la ira, podía contar hasta veinte, antes de contestar con calma, por que no tú también, se pregunta el antiguo romano a sí mismo.

En Roma se castigaba severamente a las injurias. Si un particular por ser pobre o infame no podía repeler una injuria, el Derecho de los Quirites, salvo en caso excepcional, nunca demoraba en aplicar las sanciones correspondientes. La Ley Decemviral, como también el Epítome de Hermogeniano establecieron que los injuriantes —si eran esclavos— tenían que ser azotados; si eran hombres libres de baja condición, apaleados, y los demás debían ser condenados a destierro temporario. Las leyes de Roma no garantizaron todavía la igualdad.

El pretor castigaba a los culpables de la injuria, considerando siempre el grado de dignidad y honradez del injuriado, según el cual crece o disminuye la estimación de la injuria. Tuvieron que decidir además sobre el grado y calidad de atroz de la injuria sufrida.

Castigaban el cinismo del injuriante, que aprovechando la lenidad de las leyes, se divertía injuriando a sus prójimos. La ley de las Doce Tablas estableció: «El que infiere injuria a otro, pagará la multa de 24 Ases!» Pero cuál será el indigente, que por 25 Ases se privará del placer de insultar? pregunta a su lector Gellio.

Dice Labeón que Lucio Veracio era un hombre desalmado, cuyo mayor placer consistía en abofetear a los hombres libres, seguíale un esclavo portando una bolsa, repleta de ases en la mano: y, en cuanto el amo propinaba una cachetada a un transeúnte, el esclavo, según lo dispuesto por la Ley entregaba inmediatamente 25 ases al injuriado. Los pretores reprendieron severamente este insólito hecho, y resolvieron hacer respetar la ley, nombrando Recuperadores (jueces) para la apreciación de las injurias cometidas.

El antiguo romano consideraba que luchar contra la injuria del superior era insensato, y sería vil hacerlo contra la del inferior, opinaban con Séneca que despreciable infeliz es aquél que devuelve el mordisco. No injuries —dice el sabio estoico— haz tranquila tu vida para tí y para los demás! Por qué has de trabajar en la caída del que te trató con altivez? Por qué te sientes injuriado, si alguien ladra detrás de tí? Ten la paciencia y nobleza de Filipo!

Filipo poseía la rara virtud de la paciencia para soportar las injurias. Rara virtud, pero poderoso medio para proteger un reinado. Refiere Séneca que Demócares, llamado con el apodo de Parrhesiastes, a causa de la excesiva intemperancia de su lengua, llegó a Macedonia con otros legados atenienses.

Filipo después de escucharles con benevolencia, les preguntó: «Decídme! ¿Qué podría hacer yo para ser grato a los atenienses?»

Ahorcarte! contestó Demócares. Estalló la indignación de los presentes al escuchar tan brutal respuesta, pero Filipo, calmándoles, mandó que se dejase marchar a aquel tersita sano y salvo «y, en cuanto a vosotros —dijo a los demás legados— decid a los atenienses, que son mucho más soberbios los que tales cosas dicen, que los que las oyen sin castigarlas!».

El antiguo romano consideraba que donde la razón no acepta la injuria, el corazón ya no la siente y la injuria no sentida, no es injuria, dice el poeta Menandros. Y, si fuera injuria, tampoco causaría impresión en el ánimo noble, sino lo contrario! Se rompe sobre aquél que con maldad te injuria.